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martes, 8 de septiembre de 2015

LA "NUBE" DE OCTUBRE DE 1973.... y otras riadas. José García Reinoso


He tenido el privilegio y la suerte de pasar alguno de los mejores momentos de mi vida en un pueblo tan hermoso como Cádiar -donde nací y viví hasta los 19 años- y mi infancia va unida a los juegos y algarabías de un paraje tan fantástico como son el Molino de Enmedio, sus huertos y prados y todos los atalajes y artefactos relacionados con la molienda, que mis abuelos Paco y María y mis tios Serafín y Domingo ejercían con la maestría del profesional que ha nacido y vivido entre el sonido del agua estrellándose contra la rueda y el rodezno y el eterno run-run de las piedras moliendo trigos, maices y otras semillas.
El Molino, enclavado aprovechando un gran desnivel del terreno, está situado a escasos 100 mts. del río Guadalfeo. Consta del molino propiamente dicho, una vivienda para los molineros y una parata y un prado -arañado al antiguo lecho del río-.
Separando la parata y el prado en su parte norte, hay un gran muro de piedra y cal de unos 10 o 12 mtrs de largo por 2 de ancho y sobresale del terreno casi 2 metros por la parte que da al prado y unos 70 cms por la zona de la parata. Arranca en la pared de una antigua almazara y tiene una inclinación en diagonal hacía el río. Me contaba mi abuela Ascensión, que élla, de muy pequeña había visto cómo se construía este muro y cómo el sorprendía que bajaran las piedras para hacer los cimientos con sogas y algunos se preguntaban que para qué esa obra tan aparentemente inútil.
Muchos años después, Carmen la Molinera -parienta nuestra- me contaba como siendo élla una niña, vivía con sus padres y hermanos en este molino. Una terrible tormenta desatada en la sierra hizo crecer -como tantas veces- el río hasta desbordarse, salirse de su cauce y arrasar con cuanto encontraba a su paso. Se torció al llegar a la Piedra Encantá y se dirigió con todo su ímpetu hasta hasta la Vereilla y el molino, pero ay, allí le estaba esperando aquel balate inútil, oculto bajo la tierra de los prados.. Aquella noche, el río desenterró y se estrelló contra aquella muralla y salvó al Molino y parte la calle Baja, pues la sabia inclinación del muro reencauzó, otra vez el agua hasta la boca del Rincón. Y la "muralla" aún está tal cual la dejo aquella riada de los primeros años del pasado siglo XX.
Nos situamos ahora en 1973, un año terriblemente seco, muchas semillas y cereales no llegaron a fructificar bien, a nosotros se nos secaron dos inmensos bancales de habichuelas en El Portel por no poder regarlas. Con mi hermano Paco, sacábamos el agua a cubos de una zanja hecha en el barranco del Calvario y la echábamos a la acequia del Portel mientras mi padre intentaba regar lo que podia. Aquel año agrícola fué un desastre. Ante este panorama, mi padre se fué una temporada a Gerona, a trabajar en "la vía" para que -tantos como éramos en casa- pudiésemos seguir comiendo y pagando pequeñas deudas que teníamos -nada más que en "botica" -sin seguridad social- gastábamos casi 25000 pesetas de las de entonces. Las habichuelas se secaron y los maices se perdieron igualmente por falta de agua.
La almendra tampoco servía mucho, pero había buena cosecha y hubo que recogerla. Con mi padre en Gerona, mi Antonio con 14 años cuidándose de las vacas y mi madre y mis hermanos pequeños en Cádiar, así que mi Paco y yo nos fuimos al cortijo Los Guitarras a recoger la almendra, mi buena abuela Ascensión se vino con nosotros para hacernos de comer y ayudarnos en lo que podia, era una anciana de 75 años.
El 18 octubre , fue día de mercado en Cádiar, y aquella tarde bajé yo con dos mulos cargados de almendra hasta la casa del pueblo, para poner a secarla en las cámaras y traerme de vuelta al cortijo algunas cosillas que mi madre habría comprado en el mercado. Descargué y extendí la almendra, arreglé y dí de comer a los mulos, ayudé a mi hermano a ordeñar las vacas, cenamos algo y me acosté rendido por el cansancio de tanto trajín. Al rato me despierta mi madre espantada:levantaté y baja, que el agua de la calle está entrando a las cuadras. Me desperté sobresaltado, enormes truenos, terribles relámpagos iluminaban lo que empezaba a ser un desastre, el bramar sordo del río cercano nos indicaba que se había salido de madre. Con un candil bajamos a las cuadras y el espectáculo era dantestco, las vacas tiritando con el agua hasta las ubres, los mulos con el agua hasta los corvejones intentando subirse a los pesebres, las cabras y los marranos con el agua que casi los cubría, y una espesa capa de granizo flotando sobre el agua. Arranqué de cuajo la rejilla taponada que recogía el agua de la calle, ya dejó de entrar,a los corrales. Desperté a mi tio Pepe, que vivía al lado y aún no se había enterado de lo que estaba pasando. Sacamos a los animales y los llevamos a las cuadras de su casa... empezó a llegar el día y pudimos ver cómo el río se "comía" un camión de manzanas golden , cogidas aquel día y guardadas en un cortijillo de los prados de los Ocaña, cómo se llevaba la enorme caldera de cocer los tomillos en los prados de los Caracoles y cómo el río estaba a 10 mts de mi casa, no había luz ni agua corriente... toda bajaba por el río.... en fin, en cuanto pudimos y amainó la tormenta, mi tio Pepe y yo emprendimos el camino del cortijo para busca a mi abuela y mi Paco, nos los encontramos por los Barranquillos después de sortear ramblas y barrancos inundados. Para atravesar la Rambla de la Cuesta Guitarra, mi Paco, con el agua hasta la rodilla, hubo de echarse a cuestas a la pobre abuelita, que se había pasado la noche rezando y vigilando que aquel aguacero no dañara el cortijo. Cuando mi padre, en Gerona, vió la rambla de Albuñol y el desastre de la Rábita en la tele, intentó llamar por teléfono pero la linea estaba cortada, deseperado, acudió a un cuartelillo de la guardía civil y allí por radio les habían informado que en Cádiar no había habido víctimas y ya respiró tranquilo y a la que pudo rapidamente volvió.
Los daños materiales sufridos fueron inmensos, nosotros cuantificamos más de un millón de pesetas de la época en pérdidas.... nos indemnizaron con 35000 pesetas. Harto mi padre ya, de tanto trabajar y tan poco beneficio, decidió que nos vinieramos a Cataluña... y aquí seguimos. La "nube" fué la gota que colmó y derramó un vaso demasiado lleno, sacrificios, trabajeras, penalidades..... y pobreza, al fin.


Ya tienes que escribir el libro. Gracias Pepe por tus escritos.

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