Páginas vistas en total

domingo, 23 de febrero de 2014

Commemoración 75 años de la muerte de MACHADO...



Luis Garcia Montero
HOY ES SIEMPRE TODAVÍA

Más que acomodar las cosas, la ética dificulta los argumentos con su claridad. Para fundar una tranquilidad mentirosa, que es siempre la tranquilidad del poder injusto, las sociedades pretenden dividir a sus ciudadanos en dos especies: los que se engañan a sí mismos y los que engañan a los demás. Pero llega la ética y nos avisa de que engañarnos a nosotros mismos es engañar a los demás y engañar a los demás supone engañarnos a nosotros mismos. Somos una conversación, palabras de ida y vuelta. 

La ética nos enseña que sentir es una forma de pensamiento y pensar el modo más humano de sentir. Si nos sirven las copas del bien y del mal, vivir con respeto no supone elegir así como así, de buenas a primeras, el bien ofrecido en bandeja. Se trata de dudar dónde está el veneno, de dudar sobre el bien y el mal para hacernos dueños de nuestras palabras. El sí y el no ceden el paso al vamos a ver, vamos a tomarnos en serio el momento de la decisión. Los valores desestabilizan con frecuencia la lógica prevista por la sociedad. Los valores salvan a la palabra de esa banda de tambores y cornetas que utilizan los tribunos para llamar la atención y exigir el consenso. Tener cuidado con lo que se aplaude y lo que se niega: es la lección que Antonio Machado convirtió en poesía. Debajo de cualquier retórico hay un sargento chusquero. El sargento chusquero que todos llevamos dentro.

Alejarnos de las certezas nos desorienta, nos convierte en unos perdidos. Pero saber perder no significa renunciar a la victoria. Elegir en conciencia una derrota no supone contentarse con la épica de los perdedores. Estar lejos, casi solo, exiliado, vencido, tampoco es lo mismo que sentirse fuera de lugar. Cuando aceptamos que somos lo que somos, nada más y nada menos, se comprende mejor lo que queremos conservar y los que perdemos, lo que damos y lo que recibimos. Se abre además una relación distinta con el tiempo. El pesimismo y el optimismo desaparecen como razón de vida. El triunfo deja de ser el argumento de la decisión. Empieza el orden de los valores.

Hoy es siempre todavía. Es el proverbio de Antonio Machado que recordé delante de su tumba, en Colliure, el pueblo francés en el que murió hace ahora 75 años. Cuando Rafael Alberti recibió la noticia aún luchaba en Madrid contra los militares golpistas. Pero dio la República por perdida. Otros escritores republicanos como Francisco Ayala y María Zambrano sintieron un mismo vacío. Machado, heredero de la Institución Libre de Enseñanza, había fijado la dignidad social en la alianza de la educación, la cultura y el trabajo. Esta fe le hizo envejecer a contracorriente. Mientras otros compañeros de generación, muy revolucionarios en su juventud, se iban haciendo conservadores, don Antonio comprendió que la libertad resultaba inseparable de la justicia social y la economía, tan inseparable como los sueños de la realidad. Su vocación de sentir y de pensar al mismo tiempo, lo situó al lado de aquellos que estaban sufriendo.

En medio de la desbandada final, cuando salía al exilio por la frontera francesa, fue detenido con palabras secas. Mal está el mundo allí donde se secan las palabras. El escritor Corpus Barga tuvo que explicar de quién se trataba y mostrar documentos oficiales del Gobierno para que no lo encerrasen en un campo de concentración. Era el destino normal de los españoles que huían del fascismo. Machado viajaba con una madre enferma, él mismo estaba envejecido y enfermo, caminaba hacia la muerte inmediata en una posada extranjera. La atención respetuosa al significado de don Antonio parecía más que lógica. Pero la separación del poeta y de su gente representó el verdadero final del sueño republicano. La alianza de la educación y el trabajo estallaba como un espejo roto.

Hoy es siempre todavía. Saber elegir una derrota ante la tumba de Machado, ponerse por voluntad en el lugar de los vencidos, supone aceptar una tradición que no es optimista ni pesimista. Se trata de no sostener el relato en los triunfos, sino en las convicciones. Abro una vez más las páginas de Juan de Mairena y busco en el pasado motivos para recuperar la confianza en un futuro sin sargentos chusqueros. La verdadera libertad no está en decir lo que pensamos, sino en pensar lo que decimos. Los que nos invitan a despreciar la política sólo quieren hacer su política sin nosotros. Nada justifica el desprecio a un ser humano, porque ningún adjetivo tiene más valor que el hecho mismo de ser humano. La poesía es hospitalaria porque sabe ponerse en el lugar del otro y no deja al otro sin lugar. El tú es tan fundamental como el yo. Palabras de Machado, palabras que no conviene olvidar si queremos convivir con el futuro y con el pasado sin renunciar al hoy. Flores rojas, amarillas y moradas en la tumba de Antonio Machado. Hoy es siempre todavía. 









Los últimos días de Machado

MARÍA SERRANO / Sevilla / 21 Feb 2014 7

'Un poeta enterrado en el exilio'

REPORTAJE: MARÍA SERRANO / FOTOGRAFÍAS: ARCHIVO MONIQUE ALONSO / 21 feb 20147 ''
Cruzó por la Estación de Cèrbere apenas con lo puesto: un traje de chaqueta desgastado, unas pocas pesetas republicanas que guardaba de su último artículo publicado en La Vanguardia y un bastón de madera que le ayudó a caminar en tan largo viaje. Machado se marchó de España vencido por la causa perdida. El poeta Félix Grande recordó años después a un hombre “muerto de pena, derrota y despedida”. Había perdido su propia guerra y la de muchos que cruzaban la frontera. En aquel camino de no retorno lo acompañó su madre, Ana Ruiz, su fiel y desconocido hermano José Machado y su cuñada Matea. En el frío mes de enero de 1939, el poeta andaluz caminó bajo la lluvia en dirección a Port Bou. Ya en otro país y en una lengua muy familiar para él, el francés, conoció a tres personajes anónimos que no lo olvidaron el resto de sus vidas.
Como uno de los episodios más enturbiados y tristes de la guerra civil española, comienza el destierro forzado de don Antonio, que terminó con su brillante carrera literaria y su propia vida el 22 de febrero de 1939. La angustia de la familia era una radiografía repetida junto a miles de hombres y mujeres hacinados en los últimos rincones de la España republicana. A pesar del cansancio y la extenuación del momento, Antonio se atrevía a bromear. Soñaba con una guerra no perdida, como señala Monique Alonso, biógrafa del poeta y autora del libro Machado: su último peregrinaje hacia la Mar. Recuerda cómo “los Machado se abrían camino entre miles de personas y baúles abandonados”.
Ante tal estampa don Antonio comenzó a perder los ánimos. Monique habla de una anécdota de su padre, también de aquellos días como hija de exiliados españoles: “Mi padre recuerda cómo en el Castillo de Figueres, los exiliados pasaban por encima de lingotes de oro de la República”. Nadie se atrevía a coger ningún bulto. En la entrada a Francia esperaban los gendarmes y el equipaje era una carga demasiado pesada.
El mismo Machado calificó de “lamentable” aquel exilio, en un carta a su amigo José Bergamín, pasada ya la frontera. Tenía solo 64 años y una enfermedad en los pulmones que se empeoraba cada día más por culpa de aquella humedad.
Al  cruzar a Francia, ni el poco dinero que llevaba encima le sirvió. Leonor Machado, sobrina aún viva del poeta rememora en su mente octogenaria cómo “tío Antonio y la abuela no tenían unos pocos francos para pagar el café con leche que tomaron al llegar”. Solo gracias a la ayuda de Corpus Barga, escritor republicano, pudieron conseguir una carta de la Embajada Española en París, que cubrió los gastos hasta encontrar un sitio seguro.
COLLIOURE
En la mañana del 28 de enero, encontraron refugio en el pueblo pesquero de Collioure. “Un lugar tranquilo donde Machado esperó para tomar una decisión”, según destaca el hispanista Iab Gibson. Aquel Machado solitario y abandonado por la incertidumbre no se hallaba en otro país y otro lugar que no fuera el suyo. Sin embargo, a su llegada encontró a sus últimos amigos. Jacques Baills, un joven ferroviario francés, que acompañó a Machado durante largas tardes en el hotel Bougnol Quintana. Su dueña, Madame Quintana, que acogió a la familia Machado en sus habitaciones, y Madame Figueres, que le dio al poeta su diaria ración de tabaco, sin pedir nada a cambio ni saber de quién se trataba.
A medidas que pasaban la semanas, los pulmones de don Antonio fueron empeorando al igual que su semblante frío y lleno de soledad. El miércoles 22 de febrero Machado amaneció muy grave. Murió horas más tarde en el mítico hotel Quintana.
Fue amortajado con una sábana blanca y una bandera republicana. En tan modesto entierro, sus nuevos y eternos amigos Baills, Madame Figueres y Madame Quintana, lo acompañaron junto a la poca familia que allí tenía. Solo días después acudiría su hermano, Manuel Machado, que coincidió con José por última vez antes de marcharse a Chile para siempre.
Poco se conoce del eco de la noticia en la asediada prensa republicana. Ya no quedaban apenas focos de resistencia a un mes de terminar la guerra. El Gobierno de Franco inició un expediente de depuración a la ilustre figura de don Antonio en 1941. Lo dejó sin derecho a ejercer la enseñanza en su país y detalló su muerte en el campo de concentración de Argèles. Hoy, este expediente, sigue vigente, como muchas otras causas de aquella etapa gris de la historia en la justicia española. Su literatura se leyó en la clandestinidad y tardó 40 años en conocerse su triste historia: la de un poeta que estaba condenado a morir a y a ser enterrado en el exilio.




MACHADO...
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»




No hay comentarios:

Publicar un comentario