¡Feliz día de los abuelos!
Mi abuela hacía la cazuela de papas y arroz más rica del mundo. Cocinaba con pocos ingredientes, pero con el mayor cariño y le salían todas las comidas buenísimas. Cantaba como los ángeles los romances. No sabía leer, pero tenia una inteligencia innata y una memoria especial. Mi primer viaje lo hice con ella. Era una mujer muy paciente y muy dulce.
A mi me gustaban mucho sus historias, pero sin duda lo que más me gustaba era ir a su casa cuando estaba cocinando. Iba a la cocina y olía a ella, ese olor inconfundible de abuela, de hogar, de amor. Cuando terminaba de prepararla nos sentábamos frente al plato y me quedaba mirándola. Sus ojos observaban y me decía: ¡Vamos comételo que se te enfria!
Mi abuela me contaba entonces cosas de su vida. Cómo de triste vivió su infancia y juventud con su madrastra mientras su padre trabajaba en Sierra Morena para comprar el cortijo. Cómo conoció a mi abuelo, el día de su boda, cuando tuvo a sus hijos... Yo comía y veía alegría, serenidad, dolor y toda una vida en sus ojos.
Mis días en casa de la abuela se quedaron grabadas en mi memoria.
Cuando me acuerdo intento hacer la cazuela, pero no es como la de mi abuela. No sabe a ella. No tiene su olor ni su cariño. Falta su toque mágico: el amor de una abuela.
También recuerdo con muchísimo cariño el olor a membrillo de la casa de mis otros abuelos, las matanzas, las parvas, la miel, las almendras mollares, los buñuelos, la enorme encina en la puerta y mi abuelo sentado a su sombra mientras mi abuela cocinaba y limpiaba.
Son recuerdos maravillosos que te van forjando desde pequeñita con mucho amor.


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