La Tarasca (del francés Tarasque, y éste del topónimo de la localidad de Tarascon, en Provenza, Francia) es una criatura mitológica cuyo origen se encuentra en una leyenda sobre Santa Marta.
Según cuenta la leyenda, esta criatura habitaba en Tarascón (Provenza) y devastaba el territorio por doquier. Se describe como una especie de dragón con seis cortas patas parecidas a las de un oso, un torso similar al de un buey con un caparazón de tortuga a su espalda y una escamosa cola que terminaba en el aguijón de un escorpión. Su cabeza era descrita como la de un león con orejas de caballo y una desagradable expresión.
El rey de Tarascón había atacado sin éxito a la Tarasca pero Santa Marta encantó a la bestia con sus plegarias y volvió a la ciudad con la bestia domada. Los habitantes aterrorizados atacaron a la criatura al caer la noche, que murió allí mismo sin ofrecer resistencia. Entonces Santa Marta predicó un sermón a la gente y convirtió a muchos de ellos al cristianismo.
Así la procesión de la Tarasca significa el triunfo del bien sobre el mal y es una versión pagana de la iconografía Cristiana en la que aparece la Inmaculada pisando a la serpiente que simboliza el Dragón infernal (el mal).
La Tarasca es el dragón y el elemento femenino que va encima es la tarasquilla que en el mundo cristiano se relaciona con Santa Marta menos en Toledo que se relaciona con Ana Bolena por Enrique VIII y los anglicanos. En Granada por metonimia se denomina Tarasca a todo el conjunto.
Cada miércoles de feria, a media mañana, se desvela el mejor secreto guardado que existe en Granada: el vestido de la Tarasca. Y una cosa es segura: no faltará quien lo critique, sea como sea el vestido, da igual largo que corto, discreto o de colores vistosos, clásico o moderno, atrevido o coqueto. No hay que olvidar el famoso dicho existente en la ciudad de que vas vestida peor que la Tarasca.
La procesión de la Tarasca existía en todos los Corpus de España, no sólo en Granada y luego pasó también a América. También existía en los Corpus de Italia y Francia. Iba acompañada de personajes simbólicos como el Pecado, la Virtud o la Fe pero en el siglo XVI las fiestas del Corpus en Europa se fueron enriqueciendo con personajes locales, dramaturgias y charangas de música que cada vez tenían más de folclórico y menos de religioso. La Tarasca de Antequera es una réplica de la que tenía Granada en 1760. Actualmente sólo se mantiene en Granada, Toledo, Yepes, Valencia, algunas ciudades de Castilla-León y la Laguna.
Hoy vuelve la Tarasca a recorrer las calles de Granada.
Nacida de una antigua leyenda, representa la victoria de la luz sobre la oscuridad, del valor sobre el miedo, de aquello que nos eleva frente a aquello que nos amenaza. Por eso su significado ha perdurado más allá de los siglos: porque todos, de una forma u otra, seguimos librando nuestras propias batallas.
Pero la Tarasca es también memoria. Es el eco de quienes la contemplaron antes que nosotros y la emoción de quienes hoy la esperan en cada esquina. Es el hilo invisible que une generaciones y mantiene viva la identidad de un pueblo.
Cuando la Tarasca aparece, Granada se reconoce a sí misma. En ella desfilan la historia, la tradición y el orgullo de una ciudad que sabe guardar sus raíces sin dejar de caminar hacia el futuro.
Y así, entre la leyenda y la realidad, la Tarasca nos recuerda que las tradiciones no son solo recuerdos del pasado: son la forma en que una comunidad conserva su alma.