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lunes, 23 de febrero de 2026

23F: la gran coartada de la monarquía

 

Cuarenta y cinco años después, la versión oficial sigue blindando al rey mientras la verdad permanece bajo llave

El 23 de febrero de 1981 no es solo una fecha. Es un relato. Y como todo relato de poder, fue cuidadosamente construido. Han pasado 45 años y todavía se nos pide fe. Fe en una sentencia militar. Fe en una versión oficial. Fe en un rey que ahora, desde la comodidad de sus memorias publicadas en 2025, asegura que no tiene “nada que ocultar”.

Pero el problema no es lo que dice. Es lo que nunca se investigó.

La versión fijada por el Consejo Supremo de Justicia Militar estableció que el golpe fue obra de un grupo reducido de militares díscolos, frenado por la intervención decidida de Juan Carlos I y la lealtad masiva del Ejército a la Constitución. Punto. Caso cerrado. Democracia salvada.

El problema es que esa versión se blindó sin escuchar al principal protagonista.

La justicia militar ni siquiera recabó la declaración del monarca, ni por escrito. Se nos privó del testimonio de quien supuestamente tuvo “el destino de todos los españoles en sus manos”. Y ahora, en 2025, el propio emérito escribe que aquella tarde su proyecto político estuvo en peligro y que actuó con aplomo para salvar la democracia.

Es su palabra contra documentos judiciales que dicen otra cosa.

LA SOMBRA DE ARMADA Y EL SILENCIO JUDICIAL

Uno de los puntos más oscuros es la conversación entre el rey y el general Alfonso Armada, condenado como uno de los cerebros de la asonada. Juan Carlos sostiene que le negó permiso para acudir al Congreso en su nombre. Sin embargo, la declaración judicial de Sabino Fernández Campo ante el instructor del Sumario 2/81 cuenta otra historia.

Sabino afirmó que transmitió una orden directa del rey: que Armada podía actuar, pero “a título personal”. Y fue más lejos. Dejó por escrito que en ningún caso la iniciativa partió de él y que actuó “por orden y en nombre de Su Majestad”.

Esa declaración no se permitió en la vista oral.

El tribunal tampoco dio valor a ese testimonio y atribuyó la autorización a José Gabeiras, jefe del Estado Mayor del Ejército. La historia oficial ya estaba en marcha.

El relato heroico necesitaba limpieza quirúrgica.

Y mientras tanto, más de 300 guardias civiles al mando de Antonio Tejeroocupaban el Congreso. En Valencia, los tanques de Jaime Milans del Boschtomaban las calles. No era una broma. No era una opereta. Era la mayor amenaza al sistema nacido tras la muerte de Franco.

Pero incluso dentro de ese relato hay grietas.

El propio Juan Carlos reconoce ahora que de los 11 capitanes generales, “la mitad apoyaba la rebelión”. Un documento del ministro de Defensa Alberto Oliart indicaba que solo 3 de 11 fueron plenamente leales desde el inicio. Aun así, el 17 de marzo de 1981, Oliart compareció en el Congreso para hablar de un 99,40% de lealtad constitucional en las Fuerzas Armadas.

Un 99,40% que hoy suena más a consigna que a dato.

La matemática del poder también fabrica mitos.

EL MITO FUNDACIONAL Y LA IMPUNIDAD

El fracaso del golpe se atribuye a la negativa de Tejero a aceptar el plan de Armada, que pretendía formar un gobierno de concentración sin nacionalistas. El propio Tejero habló de “chapuza”. Si hubiera aceptado, la historia sería distinta. Pero la pregunta incómoda no es esa.

La pregunta es por qué, durante cuatro décadas y media, no se ha levantado el secreto completo de los archivos. Por qué la narrativa judicial quedó congelada como verdad absoluta. Por qué el testimonio clave de Sabino fue apartado. Por qué la historiografía oficial convirtió al rey en héroe indiscutido.

El 23F se convirtió en el acta de bautismo moral de la monarquía parlamentaria.

Y esa acta no admite tachones.

Mientras tanto, la institución que supuestamente fue salvada por el rey ha protegido durante años su inviolabilidad, su opacidad financiera y su impunidad. El relato del 23F ha funcionado como blindaje simbólico. Quien cuestiona esa versión es acusado de revisionista o conspiranoico. Pero revisar no es conspirar. Es hacer periodismo. Es hacer historia.

La democracia no puede sostenerse sobre zonas oscuras.

El propio emérito admite que todavía tiene “preguntas y dudas” sobre el papel de algunos. Pero no dice quiénes. No señala nombres. No abre archivos. No exige una comisión independiente. Se limita a escribir su versión.

Una democracia madura no teme la verdad. La exige.

Las y los ciudadanos no necesitamos leyendas. Necesitamos documentación. Las y los historiadores reclaman acceso completo a los archivos militares y de la Casa Real. Las y los juristas saben que un juicio sin todos los testimonios es un juicio incompleto. Y las y los periodistas sabemos que cuando el poder fija una versión inamovible durante 45 años, no estamos ante un cierre, sino ante un cerrojo.

El 23F fue real. Los disparos en el hemiciclo fueron reales. El miedo fue real. Pero también lo fue la construcción posterior del mito.

Y un país que convierte un episodio traumático en dogma intocable no está defendiendo la democracia. Está defendiendo su relato.

Lo que salvó o no salvó al sistema en 1981 sigue sin esclarecerse del todo. Lo que sí sabemos es que la verdad completa nunca ha sido prioridad para quienes más se beneficiaron de aquel silencio.

Spanish Revolution.

domingo, 22 de febrero de 2026

EDUCACIÓN E INTELIGENCIA ARTIFICIAL*

 Artículo de Antonio Lara Ramos el viernes en Ideal.

La educación no es ajena a las innovaciones de una sociedad en continuo cambio. Quizás sea la actividad humana donde lleguen con más prontitud estos avances de la humanidad. El conocimiento es la base de los procesos educativos, prestos a incorporar los saberes que abren nuevos horizontes. La formación de las generaciones más jóvenes debe actualizarse al mismo ritmo que calan las novedades tecnológicas en ellos, como personas de su tiempo que no llevan tras de sí una mochila generacional con otras experiencias.

El fenómeno de la Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas. Lo que hace unas décadas podría parecernos ciencia ficción, ahora es una realidad de límites indescifrables. Con ella los cambios están siendo tan acelerados que la ciencia está modificando e incrementando sus posibilidades en los procesos de investigación. En 2024 la IA se llevó dos premios Nobel: uno de Física para quienes pusieron sus bases —John Hopfield y Geoffrey Hinton—, el otro de Química para los que aplicaron la IA en los secretos de las proteínas —David Baker, Demis Hassabis y John Jumper—.

Las potencialidades de la IA nos las descubrirá el futuro, las que observamos en este momento nos llevan de sorpresa en sorpresa. Pero no debemos dejarnos embaucar por el entusiasmo ni la grandilocuencia, estos primeros pasos del camino están plagados de riesgos que no debemos obviar. El subdirector general de la UNESCO, Giannini, Stefania, afirmaba en La IA generativa y el futuro de la educación (2023) que “la tecnología nunca es ideológicamente neutra. Exhibe y privilegia determinadas visiones del mundo y refleja formas particulares de pensar y conocer. Los nuevos modelos y servicios de IA generativa no constituyen una excepción”. Esta afirmación, pensando en el mundo de la educación, nos obliga a movernos con tiento en un espacio donde “estemos seguros de qué herramientas estamos recomendando y utilizando con los jóvenes”.

La llegada de la IA a la educación, aunque sea tangencialmente, no ha estado exenta de riesgos. En la propuesta al alumnado de un trabajo de investigación, este puede caer fácilmente en la tentación de pedirle a ChatGPT que lo elabore con los parámetros proporcionados, incluso respondiendo al chatbot por otras aportaciones en las que el estudiante ni siquiera haya reparado. Elaboración y reflexiones personales brillan por su ausencia. En el ámbito universitario se utilizan herramientas antiplagio para detectarlo. Estos programas —Turnitin, Plagium o Dupli Checker— no son más que la contrarréplica a la IA frente a su propia esencia: la de ‘crear’ contenidos plagiando la información que circula por el universo digital.

Pero existen otros peligros que exceden de la actividad escolar, los que dañan la convivencia y las relaciones interpersonales, y denigran la imagen de otras personas. Desde la generalización del uso de aplicaciones de IA hemos conocido casos alarmantes de transgresión entre adolescentes: los deepfakes o contenidos audiovisuales falsos. Han sido casos de enorme repercusión mediática, casi siempre de carácter sexual. En octubre de 2023, en Almendralejo, aparecieron imágenes que desnudaban a chicas circulando por redes sociales, afectó a 26 chicos y 21 chicas, todos menores. Otros casos han saltado a los medios de comunicación: julio/2025, un menor ‘creaba’ desnudos de 16 compañeras, imágenes y vídeos, colgados en redes sociales y una web pornográfica; enero/2026, otro menor de La Rioja difundiendo imágenes de compañeras desnudas; y así otros casos más.

Es sabido que internet se ha llenado de basura. El universo digital, como cualquier otro espacio de la actividad humana, está plagado de intereses comerciales y propagandísticos, cuando no espurios, que nos obliga a ser cautelosos respecto a todo lo que en él circula. Necesitamos reforzar un pensamiento crítico y poner en entredicho la fiabilidad de las fuentes. La comercialización en los espacios es una evidencia, no hay más que iniciar la navegación por la web para observar que la publicidad nos abruma y que muchas informaciones se prodigan en mentiras, bulos y tergiversaciones de la realidad. 

El filósofo Gaspard Koenig —“La lectura, un antídoto contra la IA” (EL PAÍS, 23/01/2026)— nos recomienda leer el informe de la consultora Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026, entre ellos el número 8: “La IA se come a sus usuarios”. Koening expresa que “no estamos hablando de una superinteligencia fuera de control, ni… destrucción masiva de puestos de trabajo”. El peligro del despliegue comercial a gran escala es más ‘insidioso’ y, sin discutir los beneficios de la IA para las ciencias y la tecnología, apunta a un gran riesgo: la mierdificación, entendida como el deterioro de la experiencia del usuario en las plataformas de internet. Y señala que “contamos con un antídoto personal de lo más eficaz y al alcance de todos: la lectura” de libros, no “lectura de frases inconexas en una pantalla”. “Nuestro cerebro… no puede delegar en la máquina la búsqueda de información..., necesita asimilar contenidos escritos para que seamos capaces de razonar y pensar por nuestra cuenta”. “La IA forma unos ciudadanos políticamente dóciles, fáciles de manipular y encerrados en sí mismos”. 

¿Qué impacto tiene la IA en la educación? Todavía, quizás, sea muy pronto para contestar a esta pregunta. Antes hemos señalado el mal uso de la IA entre adolescentes. Hay profesorado que está iniciando sus primeras experiencias con la IA como recurso didáctico en las actividades del aula y para sus propias planificaciones de materiales.

Entre los materiales del Observatorio de la Infancia y Adolescencia de Andalucía se incluye el estudio: El impacto de la IA en la educación en España. Familias y escuelas ante la Inteligencia Artificial (2023) de la plataforma Empantallados —Fundación Fomento de Centros de Enseñanza—, que ofrece estas cifras: 82% de alumnado utiliza alguna herramienta de IA, 73% del profesorado y 69% de padres y madres. Datos que, según este estudio, “revelan que la IA ha generado interés en la sociedad de forma rápida”. De igual modo, concluye en la necesidad de establecer un marco legal sobre privacidad y uso de datos, demandado por familias (83%) y profesorado (90%).

Los talentos que están detrás de la IA suelen ser jóvenes, como ocurre con François Chollet —ingeniero de software, investigador de IA, exingeniero de Google—, quien ante las expectativas y desbordamiento intelectual que nos produce la IA, muestra cierta cautela y, antes de equipararla a la inteligencia humana, prefiere llamarla “automatización cognitiva”, y concibe la humana como capacidad para afrontar un reto desconocido y transformarlo en algo sobre lo que podamos actuar mediante procesos cognitivos superiores.

Si confiamos en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, cabe pensar que la IA lo tiene complicado para estar a la altura de la red de inteligencias autónomas interrelacionadas que configura la inteligencia humana. No poseemos una sola inteligencia con diferentes capacidades, sino algo más complejo: estructuras imbricadas que se despliegan con tanta flexibilidad como requieren las necesidades del reto que afrontan.

En educación todavía nos queda mucho para definir cómo podemos aprovechar la IA en los procesos de aprendizaje del alumnado, pues requieren la maduración y formación de estructuras mentales en niños y jóvenes. Sus capacidades cognitivas no pueden entrar en retroceso frente a la comodidad que supone obtener información, sin filtros ni posicionamiento crítico, por parte de quienes deben ser los auténticos protagonistas de la configuración de una propuesta teórica o investigadora reflejada en un texto de elaboración propia.

* Artículo publicado en Ideal, suplemento comercial, 20/02/2026

ARTÍCULO DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA EN EL PAÍS.

Compartido de mi amiga Isa.

 Interesante artículo de Antonio Muñoz Molina en EL PAÍS, de hoy, que nos hace reflexionar…

"Dar una enseñanza de primera calidad a los hijos de los inmigrantes requiere esfuerzos muy superiores a los de educar a los alumnos nativos, pero es la herramienta insustituible para integrarlos en nuestro país, y además para lograr que desarrollen esas facultades intelectuales y creativas que son el patrimonto especifico del que ilegó de fuera, y nos enriquecerán a todos".



SIERRA NEVADA.

 Un día espectacular en Sierra Nevada...