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jueves, 3 de septiembre de 2026

MI TITE JORGE.



Ayer nos despedimos de una buena persona en el sentido más puro de la palabra.
 
Mi tite Jorge, nacido en La Rambla del Banco, fue un hombre que dedicó su vida entera al trabajo y al bienestar de los suyos; un molinero entregado, una persona polifacética que demostró que el amor no solo se habla, sino que se trabaja día a día. Todo lo que construyó y todo lo que fue, lo hizo por sus hijos, dejando en ellos su mejor legado.

Para mi madre, él no solo era un hermano; era un pilar fundamental. Se querían muchísimo, con ese cariño sincero y arraigado que solo el tiempo y las vivencias compartidas pueden forjar.
 
Esa bondad que lo caracterizaba no se limitaba a su hogar; fue un hombre generoso y atento con cada persona que se cruzó en su camino.

Nos queda la pena de no haber podido celebrar esa reunión de la familia López que tanto planeamos y que se quedó suspendida en el tiempo. También me acompaña el dolor de ese "te quiero" que la rutina o el pudor dejaron sin pronunciar en voz alta. Sin embargo, sé que el amor se entiende más allá de las palabras.

Siempre guardaré en el corazón: el recordatorio constante de que yo nací justo el día en que él llegó a Cádiar, recién licenciado de la mili. Ese día nuestras vidas se cruzaron para siempre en un hermoso hilo temporal que la muerte no puede romper.

Buen viaje, tite Jorge. Tu bondad y tu recuerdo se quedan con nosotros para siempre.

martes, 1 de septiembre de 2026

EN ESTOS TIEMPOS DE LOCURA Y BARBARIE ES NECESARIO RECORDAR...

 MEMORIA CONTRA EL OLVIDO: EL TESTIMONIO QUE ROMPIÓ 52 AÑOS DE SILENCIO.

Este testimonio fue registrado en 1997. Claire Martin comparte su relato de supervivencia.

Durante 52 años guardó silencio sobre lo que vivió en los campos de concentración nazis. Aquí están sus palabras:

Me llamo Claire Martin. Hoy es mi cumpleaños. Estoy sentada en mi pequeña habitación en Lyon, y afuera cae la nieve, exactamente igual que en 1941.

Durante 52 años permanecí en silencio. No hablé de ello con mi esposo, ni con mi hijo, ni con mis vecinos. El silencio se convirtió en mi segunda piel, una armadura que me coloqué el día de mi liberación. Pero incluso la armadura se desgasta con el tiempo, y los recuerdos empiezan a pesar más en el pecho que el concreto.

Si hablo hoy es porque pronto no quedará nadie que recuerde la verdad. No la verdad de los libros escolares, llenos de cifras, estrategias y victorias. La verdad vive en el olor a lejía, en la sensación quemante del líquido helado sobre la piel frágil, y en ese instante exacto en que una persona deja de sentirse humana en una sola noche.

Esta no es la historia de una heroína. Es la confesión de una superviviente que todavía se despierta sobresaltada. Antes de que el mundo se rompiera, yo era una joven común.

Vivía en París. Estudiaba en la Facultad de Artes y soñaba con ser profesora de literatura. Amaba los poemas de Victor Hugo y creía, de verdad, que la belleza podía salvar al mundo. Qué ingenuidad.

Mi vida estaba hecha de cosas simples: el olor del pan recién hecho, el chirrido del tranvía, la risa de mi mejor amiga, Marie.

Marie era mi opuesto: vivaz, siempre sonriente, siempre en movimiento. Llevaba una larga trenza rojiza de la que se sentía orgullosa. Hablábamos del verano, de chicos, de libros. No sabíamos que nuestro futuro ya había sido tachado con una línea oscura en algún mapa, dentro de un cuartel alemán...

Cuando comenzó la guerra, no entendimos de inmediato que aquello significaba el fin de nuestras vidas anteriores. Pensábamos que duraría poco. Luego llegaron los bombardeos, el hambre, la ocupación y, finalmente, el día más terrible: el día en que nos detuvieron.

No fue en la ciudad, sino en una zona rural donde nos habían enviado a cavar trincheras.

Estábamos rodeadas. Recuerdo el caos, los ladridos de los perros y ese idioma extraño que cortaba el aire como una cuchilla. Nos empujaron unas contra otras, como si no fuéramos personas. Nadie preguntó nuestros nombres. Dejamos de serlo cuando nos metieron por la fuerza en vagones de carga.

Nunca olvidaré ese tren. No había aire. Íbamos tan apretadas que, cuando alguien dejaba de respirar, su cuerpo permanecía erguido, sostenido por los demás. En un rincón alguien gemía. En otro, alguien rezaba.

Al tercer día llegó un silencio distinto. Un silencio de desesperación. Sin agua, sin comida. Solo una pequeña ventana enrejada cerca del techo, por la que a veces entraba un hilo de luz. Me aferré a esa luz, intentando recordar frases leídas años atrás, pero mi mente estaba vacía. Solo quedaba el miedo.

Marie estaba a mi lado. Me tomó la mano con tanta fuerza que perdí la sensibilidad en los dedos. Susurró que todo estaría bien, que íbamos a trabajar, que éramos jóvenes y fuertes. Intentaba convencerse a sí misma.

Cuando el tren se detuvo, las puertas se abrieron con un estruendo metálico. El aire helado invadió el vagón junto con gritos: ¡Más rápido! Nos obligaron a bajar. A quienes no podían caminar los empujaban con brutalidad. Avancé a trompicones, cegada por los focos.

A mi alrededor perros de guardia, uniformes oscuros y alambre de púas hasta donde alcanzaba la vista. Aún no conocíamos el nombre de ese lugar. Solo sabíamos que habíamos cruzado una frontera sin retorno.

Nos llevaron a un largo edificio de ladrillo. Los vigilantes se burlaban y señalaban. Algunas guardias, impecables, nos observaban con una frialdad inquietante, como si fuéramos objetos. Nos ordenaron quitarnos la ropa allí mismo, bajo el frío, frente a todos.

La humillación fue la primera herramienta. Recuerdo las manos de Marie temblando mientras desabrochaba su abrigo...

Lo llamaban el bautismo. Relato sobre lo que les hicieron a las prisioneras francesas el primer día.

POSTDATA:

Que nunca se olvide esta barbarie. Pero el ser humano y el fascismo siempre repiten la misma historia. El pueblo judío, que fue casi exterminado por los nazis, hoy extermina al pueblo palestino y pasa de ser asesinado a convertirse en asesino con su líder Netanyahu a la cabeza. El fascismo tiene muchas caras.

            Justicia Global.



lunes, 31 de agosto de 2026

Feliz curso.


Agosto languidece y asoma ya septiembre, el mes del volver a empezar. Hace las maletas en silencio, sin dar explicaciones. El sol se pone cada día un poco antes, como si se hubiera cansado y hubiera decidido no quedarse más horas de las necesarias. Aceptar el final de un ciclo es un requisito ineludible para que algo nuevo pueda nacer. 

El verano todavía deja sus colores de atardecer pegado a las paredes para anunciar que llega septiembre. Hasta los grillos y los pájaros cantan ya diferente. 

En los pasillos del colegio ya camina el otoño, despacito, como quien no quiere que nadie lo vea. Llevo días yendo a la escuela que nos espera, como cada septiembre. Vuelvo distinta, con la alegría de la última uva del año, como si enero oliera a tiza. 

Mañana abriremos la puerta a los docentes y la escuela comenzará a bostezar para despertar totalmente el día 10 con la llegada de los pequeños pasos que dan sentido a todo nuestro quehacer. Las sillas los espera mientras las pizarras guardarán silencio. Los cuadernos están listos para que florezcan esas amapolas rebeldes en una primavera de campos blancos. Llegarán con sus mochilas, con manos llenas de un mundo que todavía no les ha hecho daño. Llegarán con un billete de ida, entre dientes que se caen, dibujos torcidos y algún abrazo que aún será necesario. 

Y mientras tanto, en mi maleta rota de recuerdos, yo sigo haciendo hueco a despedidas de solsticio. Sigo esperando con esta mezcla de ilusión y nervios la llegada del año nuevo del profesorado. Esta noche no habrá uvas ni campanadas, pero sigue indemne la ilusión de aquella jovencita que comenzara hace ya 24 años. 

Un abrazo enorme para ti, que vas en mi corazón siempre, también al inicio de este curso.

                             Mi amiga Isa.

sábado, 29 de agosto de 2026

Es lo que hay.


 

Lo estoy haciendo bien, si..y seguro que me he equivocado más de una vez, y que me volveré a equivocar..y que?, se trata de seguir, de sentir, y de vivirlo todo, y adelante, y si me caigo, toca levantarse, y borrón y sonrisa nueva, todo se trata de esto, de caminar a lo largo de eso que llaman vida... Y es lo que hay.