CÁDIAR Y MIS COSAS.
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sábado, 27 de junio de 2026
viernes, 26 de junio de 2026
DÍA INTERNACIONAL DEL ORGULLO LGTBI+
El Día Internacional del Orgullo LGTBI+ se celebra cada año el 28 de junio . Esta fecha conmemora los históricos disturbios de Stonewall (Nueva York) ocurridos en 1969, los cuales marcaron el inicio de la lucha moderna por los derechos del colectivo.
Durante este día y a lo largo de todo el mes de junio, se llevan a cabo numerosas actividades, festivales y manifestaciones en todo el mundo.
El Ministerio de Igualdad de España celebra el Día Internacional del Orgullo LGTBI+ 2026 con la campaña institucional ‘Orgullosamente libres’, en la que se da a conocer el servicio 028, el teléfono Arcoíris de información y atención integral en derechos LGTBI+.
El origen en España de la conmemoración del Día Internacional del Orgullo LGTBI+ se remonta a finales de la década de 1970, en plena transición, cuando se empezaron a organizar en España las primeras manifestaciones para revindicar los derechos del colectivo LGTBI+ (lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales).
Se considera que la primera marcha del Orgullo se celebró en Barcelona en 1977. Los centenares de personas que participaron acabaron dispersados por las fuerzas del orden. Fue a partir de 1978 cuando el Orgullo comenzó a celebrarse también en Madrid, donde la conmemoración se ha convertido en un referente mundial.
A estas celebraciones, en 2018 se sumó el acuerdo del Consejo de Ministros que declaró el 28 de junio Día Nacional del Orgullo LGTBI.
Cada año, el Gobierno de España, a través del Ministerio de Igualdad, celebra actividades, actos y celebraciones con motivo del Día del Orgullo. Este año, se ha colocado en los balcones del edificio del Ministerio una bandera arcoíris de 20 metros de longitud, obra del diseñador José Perea.
El Día Internacional del Orgullo LGTBI+ es una fiesta de celebración de los derechos adquiridos y también un recordatorio de que es necesario seguir avanzando hacia la igualdad plena, sin permitir ni un solo paso atrás. Celebrar el Orgullo es un acto de justicia con las personas LGTBI+, significa reivindicar el derecho de las personas a ser felices siendo quienes son, amando a quien quieran amar. Los derechos de las personas LGTBI+ es una cuestión de derechos humanos.
jueves, 25 de junio de 2026
MI RELATO SOBRE EL COLEGIO MENOR FERNANDO CASTELLÓN DE ÓRGIVA.
La importancia del
Colegio Menor para la Alpujarra y parte del Valle de Lecrín
Cuando mis
amigos salieron del pueblo para estudiar, yo no quería quedarme para tener que
vivir una vida que no me gustaba: ser ama de casa, yo quería ser libre e independiente,
tener una vida mejor, y para ello tenía que estudiar mucho, conseguir la beca y
no perderla. Y, por supuesto, irme al Colegio Menor, que por ahí empezaba todo.
Hice tercero y cuarto de bachiller por libre,
nos preparaban don Antonio y don Eduardo, que eran maestros de mi pueblo. Pero,
aunque aprobé en junio, no saqué nota para beca y mis padres estaban haciendo
nuestra casa, por lo que no había dinero para ir a estudiar fuera. Mi padre
habló con la Madre Méndez, que era la directora del Colegio Menor, y quedaron
en que mis padres pagaban una parte y yo tenía que ayudar en el comedor (de
esto me enteré mucho tiempo después). Para sexto ya tenía beca, pero seguía
ayudando en el comedor a nuestras benditas cocineras.
Así que, con
la mayor ilusión, mucha emoción y con la ropa marcada por mí con el número
asignado por el Colegio, entré por primera vez, acompañada de mi madre, al
lugar donde cumplí mis sueños y fui tan feliz, por un lado, con muy buena
vibración y por otro, con miedo a lo desconocido. Pero fue muy fácil hacer
amistad porque éramos como una gran familia, así que muy pronto tuve muchos
amigos aparte de mis amigos del pueblo.
En aquellos
años convivíamos niños y niñas en el mismo Colegio, cosa impensable si no
hubiera sido porque estaba dirigido por la madre Méndez (bajita, rechoncha,
diligente y divertida); los educadores (Carvajal, Pino y Serrano), que eran
como nuestros tutores y amigos; la madre Concha, que vigilaba el estudio y los
dormitorios de las niñas; la madre Emérita, que enseñaba a escribir a máquina y
llevaba el coro; la madre María, que se encargaba de los niños y niñas
pequeños; la madre Expectación, en la cocina con nuestras cocineras Carmela,
Loli y Fina; y nuestro querido Salvador, que estaba para todo. Y todo bajo el paraguas de la Asociación de
Amigos de la Cultura de Órgiva, creo.
En aquellos años tan difíciles coexistíamos
niños y niñas, eso sí, teníamos estudio y dormitorios diferentes, pero
coincidíamos en el comedor, en el tiempo libre y en el Instituto (en el que
también hicimos muy buenos amigos). Era evidente que teníamos que cumplir
normas para que la convivencia fluyera lo mejor posible, pero teníamos mucha
libertad de acción.
También
hacíamos teatro y musicales con Serrano; excursiones a la nieve, a Salobreña, a
Antequera; viajes fin de curso a Córdoba, a Madrid, a Galicia; bailes en la
entrada del Colegio; recitales de poesía como el del Romancero gitano de Lorca;
deporte, bailes de disfraces y muchas más actividades. De organizarlas se
encargaban los educadores con todo el cariño del mundo.
Fue una
época preciosa, no solo de mi vida, sino de la de todos los que vivimos aquella
hermosa experiencia. Todo sin olvidar que estábamos allí para estudiar, que,
por supuesto, teníamos nuestras horas de estudio, las niñas vigiladas por la
madre Concha y los niños por los educadores. Y allí tuvimos enseñanza entre
iguales (eso que parece hoy tan novedoso); nos ayudábamos unos a otros y, por
supuesto, los educadores, las monjas y don Federico, el cura, también nos ayudaban.
Lo que allí experimentamos marcó nuestras vidas.
Recuerdo con
mucho cariño a las monjas y a los educadores y tengo en la memoria muchas
anécdotas y vivencias de aquella época.
Recuerdo con mucha añoranza el teatro que
organizaba Serrano, en el que participaba gente muy buena. Yo solo participé en
la comedia de Los Pelópidas (aún recuerdo el nombre porque el montaje y la obra
en sí eran muy graciosas, y porque la representamos además de en el Colegio, en
el Instituto y en varios pueblos). Los musicales eran una maravilla. Lo hacían
genial. Aunque yo no participé en ninguno, los disfrutaba muchísimo.
Hicimos varias excursiones, todas muy
divertidas y gratuitas, me vienen a la memoria la que hicimos a la nieve,
aquella que nos llevaron a Salobreña y a su playa, y la que fuimos a los
Dólmenes de Antequera. Cada curso hacíamos un viaje de estudios. Para poder ir
tenían que firmar nuestros padres y darnos algún dinerillo, aparte de que
muchos teníamos que ganar unos duros cogiendo aceitunas y naranjas por Tíjola
para ayudarnos a pagar nuestro propio viaje, con una ilusión admirable, porque
era la primera vez que veríamos lugares nuevos. Recuerdo con mucha ilusión el
viaje a Madrid, que íbamos cantando por las calles: «Hasta los Madriles habemus
venio, desde la Alpujarra habemus llegao». Allí fuimos a un teatro de verdad,
al gallinero, a ver La vida es sueño, de Calderón, con Juan Diego como actor
principal. Aquello fue fantástico, además de porque el actor hacía un papelón,
porque Serrano nos lo presentó al finalizar la obra. Realizamos otro viaje a
Córdoba y aluciné con la ciudad y, sobre todo, con la Mezquita. Y viajamos
también a Galicia, estuvimos viendo la Catedral de Santiago de Compostela; la
recuerdo preciosa, inmensa. Vimos el Apóstol subiendo por unos recovecos que
daban un poco de miedo. Una noche nos dejaron ir de discoteca en Santiago,
¡aquello sí que fue una pasada! Una noche cenando tenía a la madre Méndez
enfrente, y como ella siempre decía que teníamos que pelar la fruta con
cuchillo y tenedor, que para eso cada día comía en una mesa del comedor del
Colegio, sin querer hice blanco con la naranja en su cara al ir a pincharla con
el tenedor. Pero no se lo tomó a mal: se rió, y yo más.
Cuando evoco
los bailes en el hall, con la fuentecilla, me río porque nos hartábamos de
agua; y es que a cada ratillo invitaba una a beber. Me acuerdo del genial recital del Romancero
gitano de Lorca con mucha emoción porque lo recitaron como verdaderos
profesionales y con mucho sentimiento.
Y aquellos
bailes de disfraces en los que nos hacíamos los disfraces con cuatro trapillos;
nos salían maravillosos y nos divertíamos muchísimo.
Los ratos de
terraza de las niñas con Loli tocando la guitarra, cantando. Nos contábamos
confidencias, nos secábamos el pelo, nos reíamos por cualquier cosa… Eran ratos
muy particulares.
Y qué decir
de los conciertos de villancicos, cuando íbamos por las calles de Órgiva
cantando y pasábamos por las casas de los profesores del Instituto para pedir
el aguinaldo a cambio de cantarles el villancico. Aún suena en mi interior uno
de aquellos villancicos.
Recuerdo el día que la madre Méndez nos
reunió, muy seria, para comunicarnos la muerte de Franco. Muchos lloraban por
el desconcierto, por miedo al futuro, por la seriedad de la madre Méndez, no sé
por qué. Yo me sentí libre. Estaba harta y cansada de aquella infancia en
blanco y negro. En cuanto terminó la charla, bajé al pueblo y me compré un
anillo de lata como conmemoración de la muerte del dictador, que, cuando pude,
cambié por uno de plata. A día de hoy, sigo teniendo un anillo de plata en mi
mano izquierda.
Participé en el coro de la madre Emérita y los
domingos cantábamos en la Parroquia del pueblo y cuando terminaba la misa nos
íbamos a la Ruta, más que nada a escuchar música de las máquinas aquellas que
les metías dinero. Pocas veces, pero alguna sí,
nos escaqueábamos de la misa para ir a la Palapa a disfrutar de aquellos
momentos musicales. Por cierto, he de decir que entonces nos quedábamos los
fines de semana en el Colegio y era cuando disfrutábamos más de la terraza, de
tiempo libre, cuando íbamos al campo a sacar unas pesetillas para los viajes.
En esos días celebrábamos fiestas, podíamos ver la tele hasta más tarde,
podíamos salir del Colegio… En fin, que yo me sentía libre.
En aquellos
años se formaron bastantes parejas y la mayoría de ellas crearon su familia y
siguen tan felices. Cómo no recordar a la madre Concha, en el estudio y con el
tintineo de las llaves en el dormitorio. Cuando nos cansábamos de estudiar, le decíamos:
«¿Madre, puedo ir al servicio?» Y en esos ratillos era cuando aprovechábamos
para fumar, aunque fumábamos a escondidas cuando queríamos. Un día me pilló en
el servicio fumando, con el cigarro escondido en el bolsillo del babi, y al
responderle le eché la bocanada de humo en la cara. Pero tampoco pasó nada,
porque estaba el servicio lleno de niñas fumando. En el dormitorio se daba sus
paseíllos entre las camarillas y cuando apagaba la luz, si teníamos que repasar
para un examen, esperábamos a que cerrara la puerta de su dormitorio para
encender la linterna debajo de las mantas con el libro de turno, y casi siempre
quedarnos dormidas. Casi todas las noches nos reíamos por cualquier cosa y el
castigo consistía en sacarnos del dormitorio, y allí más risa nos daba. En las
taquillas teníamos, además de la ropa, algo para picar y a veces olía a
matanza, sobre todo después de Navidad. También nos dio clase de Religión en el
Instituto y en los exámenes casi todos nos copiábamos, pero ya era como un
desafío para ver si nos pillaba. La verdad es que me acuerdo de ella con
muchísimo cariño.
Ya he
comentado que no podía perder la beca y por eso estudiaba al sol en los patios
y por las cercanías del Colegio. Eso no quitaba que como viera u oyera
«bullilla», allí estaba yo como una bala.
Tengo que
hacer una mención especial a la tiendecilla de María, porque, como dice el
refrán, «es de bien nacidos ser agradecidos», y es que María, casi cada tarde,
me hacía un bocadillo de mejillones en lata. Yo me lo comía en su comedor, sin
pagarle nada; solo le hacía un ratillo de compañía y ella me contaba historias
de sus nietos. Era como una abuelita para mí.
Algunos nos
sacamos el título oficial de árbitro de baloncesto, y la madre Méndez nos lo
entregó en la entrada del patio de los niños, junto a alguien de Deporte, en un
acto muy «oficial».
En COU, las
niñas fuimos de retiro espiritual a una residencia y los niños al Hotel del
Duque en Güejar Sierra, lo recuerdo porque lloré mucho y no me gustó nada.
Después del
Colegio nos fuimos a estudiar a Granada. Muchos convivieron en pisos, y nos
alegrábamos cuando nos encontrábamos, como la gran familia que éramos.
Fue tan impactante nuestro paso por el Colegio
que conseguimos lo que nos habíamos propuesto. En mi caso, logré ser maestra,
ser muy feliz con mis alumnos y tener una vida mejor que la que tuvieron mis
padres.
Al cabo de
los años coincidí con uno de los educadores como compañera, con el que sigo
manteniendo la amistad.
Tanto es así
que creamos una Asociación y cada año nos reunimos el último sábado de octubre
en un pueblo diferente, y lo pasamos genial. Disfrutamos mucho del encuentro,
de volver a abrazar a los amigos y de vivir el programa que preparan la
Directiva y los organizadores para ese día.
Siempre es un día muy especial, muy emotivo, lleno de reencuentros, de
hermandad, de recuerdos, de tristeza por los que se han ido, de futuro, de
alegría. Muchas gracias a todos, sobre todo a la Junta Directiva, por hacer
posible este encuentro tan maravilloso.
La importancia del Colegio Menor es que fue el
pilar fundamental para todas las personas, tanto de la Alpujarra como del Valle
de Lecrín, que quisimos estudiar y que, sin él, no hubiésemos podido.
María.
miércoles, 24 de junio de 2026
PINCELADAS DE MI VIDA ESCOLAR...
He vivido muchas leyes de educación y nos hemos tenido que adaptar a la ley de turno, pero teniendo muy presente que los niños y niñas son lo más importante de la educación porque son la base de la sociedad. Por ese motivo sigo exigiendo un pacto por la educación de una puñetera vez.
Estoy, pues, en esa etapa a la que mucha gente llama la ‘tercera edad’ pero que en mi caso es la cuarta si considero la infancia feliz en mi Cádiar de nacimiento, correteando por calles y plazas; la de estudiante en Órgiva en el colegio Fernando Castellón y, más tarde, las carreras de maestra y de psicología en Granada; la edad profesional intensa y comprometida que discurrió por Charches, Órgiva, Laroles, Murtas, Carchuna, Torvizcón, Los Laneros y Ugijar; y la que llevo ahora. Aunque de todos y cada uno de los pueblos en los que he estado me he llevado en el corazón un trocito de cada niño, es en Ugijar donde he realizado la mayor parte de mi vida laboral. Allí, en el C.P.R. Sánchez Velayos, hemos disfrutado, hemos reído, hemos trabajado, hemos llorado...
He conocido a compañeros y compañeras fantásticos, luchadores, trabajadores, con pasión e ilusión por su trabajo... que más que compañeros son amigos. De todos he aprendido algo, a todos ellos: GRACIAS, así con mayúscula y mucho ánimo porque tenemos por delante mucho qué cambiar...
Y aquí sigo con mis cosas…
martes, 23 de junio de 2026
FELIZ NOCHE DE SAN JUAN.
La Noche de San Juan, donde fuego y agua se conjugan para hacer de ésta también la noche más mágica. El 23 de junio al atardecer, las playas se llenan de hogueras y de deseos por cumplir… ¿Quieres saber cómo surgió esta fiesta y por qué se celebra?
La fiesta de la Noche de San Juan es de origen pagano y se llevaba a cabo para dar las gracias por la llegada de verano y para celebrar el día más largo del año (y por ende la noche más corta) y, mediante el encendido de hogueras, se pretendía darle fuerza al sol para que continuara brillando, ya que a partir de esta fecha los días comienzan a acortarse poco a poco. A día de hoy todavía se mantiene esta tradición y, además, se han ido agregando nuevos rituales para hacer que esta noche sea más especial si cabe.
En Cádiar había algunas tradiciones que se cumplían a rajatabla. Ir a lavarse la cara a las doce en punto de la noche a las fuentes del pueblo: el Calvario, el Prado, las Cruces... las muchachas, sobretodo, buscaban ponerse más guapas con aquel agua que en aquella hora tenía propiedades mágicas.
Los mozuelos robaban macetas de azoteas y balcones y las llevaban a la puerta de sus novias o pretendientas. También las llenaban de ramas de cerezas.
Pero a las que les habían dado calabazas, les tapaban la puerta con ramas de higuera loca, higuerón silvestre, y ortigas, para que el pueblo se enterara de los rifirrafes que había.
Bonitos recuerdos de aquel tiempo que, en cierto modo, se siguen manteniendo.
lunes, 22 de junio de 2026
LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (I)*
Terminada la fiesta electoral verborreica —no me confundan con ese que dice ‘se acabó la fiesta’, que solo busca que empiece la suya—, prometidos no sé cuántos mundos ideales, me voy a detener en una promesa que me llamó la atención por lo inusual. Como no he hecho otra cosa en mi vida que no sea estar vinculado a la educación y a la escuela para ‘ganarme el pan con el sudor de mi frente’, además de escribir —aunque de esto no pueda comer, pero sí satisfacer mi otra necesidad: sacar fuera todo lo que me bulle por dentro y así mejorar mi salud mental—, leí en este periódico (IDEAL, 02/05/26) un titular: “Moreno sitúa como una prioridad la lucha contra el acoso escolar”. Lo prometió Juanma Moreno con motivo del Día Internacional de esta lacra social: “Es una de las plagas que triste y desgraciadamente tenemos en occidente, y de manera especial también en Andalucía y en España”.
El entonces candidato —muy pronto presidente de la Junta de Andalucía, cuando salga del ‘lío’ o se meta en él—mostró sus mejores intenciones llamando a concienciarnos del daño que el bullying provoca a los menores. Pronosticó recurrir a personalidades y “caras populares” de distintos ámbitos para lanzar mensajes de alerta referidos al dolor que causa el acoso, capaz incluso de “matar”. Contará con padres, profesores y otros actores de la comunidad educativa —y añadía— “para evitar el sufrimiento de muchos niños”, del que ni siquiera son conscientes los acosadores. Se me antojó entonces que el presidente se metería en un lío más gordo que tener el aliento en la nuca de Vox y su iluminada ‘prioridad nacional’.
La narrativa del acoso escolar que percibimos en medios de comunicación, ‘opinadores’ e, incluso, algunos docentes se presenta desde una sola derivada: “La escuela, factoría generadora de violencia”, olvidando los muchos factores exógenos existentes. Hablar de “violencia escolar” con tanta ligereza es para que se nos cayera la cara de vergüenza. La escuela es un reflejo de la sociedad donde se inserta y a esta la estamos alimentando con la peor calaña de nuestras miserias humanas. Vivimos en la sociedad de la “violencia estructural”, como definiera el sociólogo Johan Galtung a las desigualdades inmersas en las estructuras sociales, económicas y políticas configuradas en las sociedades modernas, en detrimento de la satisfacción de las necesidades básicas y la dignidad, incluidos valores éticos y morales.
Es obvio que la escuela debe mirar hacia la víctima. Nuestro ejercicio profesional no puede dejarla en una nebulosa de indeterminación, ni que la ‘violencia’ deje de abordarse en el entorno escolar. La protección de la víctima es primordial, pero la mirada rebelde debe proyectarse más allá. Si en otro tiempo muchas conductas vejatorias insertas en las relaciones entre iguales parecían ‘normales’, lejos de los significados que hoy sostenemos, habría que recordar, afortunadamente, que hemos cambiado de paradigma y definimos tales conductas turbadoras como agresiones.
Nuestra mirada tiene que ser más vasta y profunda al analizar el fenómeno del acoso escolar. Con solo mirar fuera de la escuela contemplamos un panorama desolador: películas juveniles donde se retratan estereotipos que normalizan conductas vejatorias, asentándose en las neuronas de niños y jóvenes como modelos conductuales aceptados; imágenes, vídeos o lenguajes en redes sociales, donde la respuesta a un ataque es redoblar el contraataque más despiadado o promover actitudes hostiles y de odio como elemento de defensa ante lo desconocido. Sin duda, la peor escuela para fomentar el acoso escolar. A lo que se suman comportamientos burdos de adultos, lenguaje gestual, comentarios soeces hacia el otro…; repertorio de ‘enseñanzas’ susceptible de imitación. Siendo finalmente reproducido en la escuela por el alumnado en sus relaciones interpersonales.
Violencia potenciada en una sociedad que olvida que existen valores de convivencia y respeto. Sea en la vida pública: políticos deslenguados, escraches a personas o familiares de quien está marcado por una diana —lo que hacía ETA en tiempos de terrorismo—; sean pseudoperiodistas que persiguen y acosan a personas públicas, esperando que suelten alguna palabra de rabia o un mal gesto para luego manipular y tacharlas con las más bajas descalificaciones.
No hay película o serie juvenil donde no aparezcan jóvenes en pandilla mostrando un repertorio de estereotipos negativos: líderes autocráticos y abusones seguidos por una cohorte de ‘pelotas’ que dan pábulo a supuestas ‘actuaciones ingeniosas’ del mandamás —chico o chica—, ejemplificando conductas agresivas, vejatorias, de sometimiento al diferente, al extranjero, al recién llegado al barrio o al instituto, o al que presenta conductas ‘raras’ entendidas como ‘anormales’. Otro sociólogo, Pierre Bourdieu, desarrolló el concepto de ‘violencia simbólica’ en un mundo que funciona mediante lenguajes y códigos determinados, que vemos reproducirse repetitivamente en espacios visuales donde acceden nuestros niños y jóvenes. Se trataría de prácticas y conceptos culturales simbólicos impuestos como jerarquización social mediante la publicidad, el lenguaje o la iconografía visual.
Hablamos con ligereza de ‘violencia escolar’, como si desde la escuela se fomentara, y nos olvidamos con hipocresía de la que se alienta en tantas esferas de una sociedad generadora de individualismo, odio y sumisión como medio y estrategia de dominio. Violencias y hostilidades circulando cerca de nosotros, leídas en un periódico, incubadas en vecinos, políticos, rivales culturales o familias que vuelcan en la escuela traumas, frustraciones o vidas desestabilizadas.
¿De qué sirve que la escuela eduque en valores, en resolución de conflictos mediante diálogo, si luego en entornos familiares, digitales, sociales o políticos cunde el mal ejemplo, la violencia y la grosería?
*Artículo publicado en Ideal, 21/06/2026

















