Noviembre siempre trae esta melancolía tan particular, pero hoy la lluvia me ha empujado a sentarme a escribir sobre lo que realmente me sostiene: mis tres estrellas. A veces la vida se vuelve ruidosa, pero basta con mirar hacia arriba, o hacia adentro, para recordar su luz. Cada una tiene su propio brillo, su propia manera de dar calor a mis días. Escribir sobre ellas esta tarde no es un ejercicio de tristeza, sino todo lo contrario; es un acto de gratitud pura por su presencia en mi universo.
Noviembre siempre llega despacio y se cuela con ese frío que no duele, pero que nos obliga a buscar abrigo. Huele a hojas mojadas, a calles vacías, a ganas de quedarse un rato más en la cama.
Hay meses que abrazan fuerte, y noviembre, aunque me duela, siempre me deja un sitio para respirar hondo y decir: sigo.
El otoño siempre me ha encantado, pero desde que se fueron mis padres, el mes de noviembre es especialmente triste. Ambos se fueron con el dolor inmenso de haber perdido a su hijo, mi hermano Serafín. Quiero mucho a los tres y especialmente en este mes siento añoranza y tristeza, pero sé que nos siguen ayudando.
Dicen que mientras los recuerdes están contigo, así que siempre estarán conmigo.
Y vamos con una pincelada de recuerdos…
Cuando era pequeña lo que más me gustaba de mi madre era sentarme en su regazo hasta quedarme dormida, mientras escuchaba los latidos de su corazón, y meterme en su cama cuando mi padre se levantaba y me contaba oraciones, romances y cuentos con la voz muy bajita y siempre me dormía, y su olor...olor a mamá.
La imagen que tengo en mi mente es verla siempre trabajando, en la casa y en el campo. En casa hacia la comida, limpiaba, nos hacía la ropa, lavaba en el río nuestra ropa y la de mis abuelitos, bordaba, hacía ganchillo, hacía las cortinas. Pero por encima de todo recuerdo el pan que hacía y que yo le ayudaba. Ese olor a pan no se me olvidará jamás y lo buenísimo que estaba, ni he comido ni comeré nada tan exquisito. Siempre que amasaba nos hacía tres bollillos, uno para cada uno, que calentitos mojábamos en la porra( aceite, sal y ajos). A veces hacía pan de aceite, torta de chicharrones, pan de bizcocho. Y aprovechando el calor del horno nos tostaba pipas. Y en el campo sobre todo regar porque mi padre trabajaba de albañil y no le quedaba tiempo.
Me gustaba ver cómo se ilusionaba por el detalle más pequeño y su enorme sonrisa.
Conforme he ido creciendo, he conocido muchas cosas de ella.
Su lucha de años trabajando en casa y también codo a codo con mi padre.
Sentí su dolor por la muerte de mi hermano y la fortaleza que tuvo para seguir sobreviviendo.
Su paciencia por hacernos buenas personas, sus maneras de saber por dónde andábamos, sus desvelos continuos si teníamos fiebre, poniéndonos sus manos en la frente. Su coraje para todo, sus noches en la terraza con el frío tan terrible que hacía esperando que volviéramos de fiesta.
Nos enseñó a leer. Me aficionó a la lectura contándome los libros que leía y de como empezó a leer siendo una niña con la luz del candil.
Su capacidad para mantenernos a todos juntos y querernos tanto.
La he visto enfadada, feliz, decidida, peleando por lo injusto.
Una mujer fuerte, inteligente, muy trabajadora y luchadora y siempre luchando por los suyos.
Amante de la música, de los libros, de sus recuerdos y de sus sueños.
Mamá siempre estaba ahí, a la hora que fuera, me daba la palabra justa para reconfortarme , el consejo más sabio, dejando a un lado sus problemas y haciendo de mis miedos sus miedos.
Nuestras charlas, nuestras confidencias, nuestras risas, nuestras penas.
Mamá tenía cajitas de hilos, de cuentos chiqutillos, de romances, de botones, de estampas, de pañuelos,... todas guardadas, recortes de tela para hacer cojines y colchas de patchwork, Su costurero con sus tijeras, sus agujas, sus hilos y su dedal. Sus latas llenas de algodones y de lanas, Guardó nuestras libretas de la escuela y le encantaban las fotos, tenía un montón de álbumes. Nos dio una moneda de plata de Alfonso XII a cada uno.
Compañera fiel de su compañero de viaje, juntos fueron uno.
Mi padre, trabajador incansable, pendiente de que nunca nos faltara nada, sensible, callado pero ahí presente.
Verle con su palustre, su artesilla, su nivel, sus andamios... y las manos agrietadas del cemento siempre con esparadrapo en los dedos y un corazón enorme.
Jamás olvidaré aquél día que mi padre me dijo: "Vivid la vida y no seáis tan tontos como hemos sido nosotros".
Vuestros meses y meses sentados en un sillón con la mirada perdida, vacía... con ese dolor tan grande para regalarme una sonrisa todos los días. No hay prueba de amor más pura y grande que esa.
Papá tenía una habitación chica con todas sus herramientas ordenadas. Algunas noches tocaba su bandurria y mi hermano la guitarra, pero cuando Serafín se fue no la volvió a tocar. Todas las noches cogía su libretilla y un boli para hacer cuentas y libros de geografía para no dormirse, Mientras mi madre leía y escribía romances. Y la tele de fondo...
Los recuerdos de mi hermano Serafin son muy hermosos desde que tengo memoria, él era mi héroe y siempre que lo necesité estuvo a mi lado.
Ahora me doy cuenta de lo felices que fuimos en nuestra infancia, a pesar de la época tan gris que nos tocó vivir. Y de lo afortunada que soy de formar parte de mi familia.




















