La importancia del
Colegio Menor para la Alpujarra y parte del Valle de Lecrín
Cuando mis
amigos salieron del pueblo para estudiar, yo no quería quedarme para tener que
vivir una vida que no me gustaba: ser ama de casa, yo quería ser libre e independiente,
tener una vida mejor, y para ello tenía que estudiar mucho, conseguir la beca y
no perderla. Y, por supuesto, irme al Colegio Menor, que por ahí empezaba todo.
Hice tercero y cuarto de bachiller por libre,
nos preparaban don Antonio y don Eduardo, que eran maestros de mi pueblo. Pero,
aunque aprobé en junio, no saqué nota para beca y mis padres estaban haciendo
nuestra casa, por lo que no había dinero para ir a estudiar fuera. Mi padre
habló con la Madre Méndez, que era la directora del Colegio Menor, y quedaron
en que mis padres pagaban una parte y yo tenía que ayudar en el comedor (de
esto me enteré mucho tiempo después). Para sexto ya tenía beca, pero seguía
ayudando en el comedor a nuestras benditas cocineras.
Así que, con
la mayor ilusión, mucha emoción y con la ropa marcada por mí con el número
asignado por el Colegio, entré por primera vez, acompañada de mi madre, al
lugar donde cumplí mis sueños y fui tan feliz, por un lado, con muy buena
vibración y por otro, con miedo a lo desconocido. Pero fue muy fácil hacer
amistad porque éramos como una gran familia, así que muy pronto tuve muchos
amigos aparte de mis amigos del pueblo.
En aquellos
años convivíamos niños y niñas en el mismo Colegio, cosa impensable si no
hubiera sido porque estaba dirigido por la madre Méndez (bajita, rechoncha,
diligente y divertida); los educadores (Carvajal, Pino y Serrano), que eran
como nuestros tutores y amigos; la madre Concha, que vigilaba el estudio y los
dormitorios de las niñas; la madre Emérita, que enseñaba a escribir a máquina y
llevaba el coro; la madre María, que se encargaba de los niños y niñas
pequeños; la madre Expectación, en la cocina con nuestras cocineras Carmela,
Loli y Fina; y nuestro querido Salvador, que estaba para todo. Y todo bajo el paraguas de la Asociación de
Amigos de la Cultura de Órgiva, creo.
En aquellos años tan difíciles coexistíamos
niños y niñas, eso sí, teníamos estudio y dormitorios diferentes, pero
coincidíamos en el comedor, en el tiempo libre y en el Instituto (en el que
también hicimos muy buenos amigos). Era evidente que teníamos que cumplir
normas para que la convivencia fluyera lo mejor posible, pero teníamos mucha
libertad de acción.
También
hacíamos teatro y musicales con Serrano; excursiones a la nieve, a Salobreña, a
Antequera; viajes fin de curso a Córdoba, a Madrid, a Galicia; bailes en la
entrada del Colegio; recitales de poesía como el del Romancero gitano de Lorca;
deporte, bailes de disfraces y muchas más actividades. De organizarlas se
encargaban los educadores con todo el cariño del mundo.
Fue una
época preciosa, no solo de mi vida, sino de la de todos los que vivimos aquella
hermosa experiencia. Todo sin olvidar que estábamos allí para estudiar, que,
por supuesto, teníamos nuestras horas de estudio, las niñas vigiladas por la
madre Concha y los niños por los educadores. Y allí tuvimos enseñanza entre
iguales (eso que parece hoy tan novedoso); nos ayudábamos unos a otros y, por
supuesto, los educadores, las monjas y don Federico, el cura, también nos ayudaban.
Lo que allí experimentamos marcó nuestras vidas.
Recuerdo con
mucho cariño a las monjas y a los educadores y tengo en la memoria muchas
anécdotas y vivencias de aquella época.
Recuerdo con mucha añoranza el teatro que
organizaba Serrano, en el que participaba gente muy buena. Yo solo participé en
la comedia de Los Pelópidas (aún recuerdo el nombre porque el montaje y la obra
en sí eran muy graciosas, y porque la representamos además de en el Colegio, en
el Instituto y en varios pueblos). Los musicales eran una maravilla. Lo hacían
genial. Aunque yo no participé en ninguno, los disfrutaba muchísimo.
Hicimos varias excursiones, todas muy
divertidas y gratuitas, me vienen a la memoria la que hicimos a la nieve,
aquella que nos llevaron a Salobreña y a su playa, y la que fuimos a los
Dólmenes de Antequera. Cada curso hacíamos un viaje de estudios. Para poder ir
tenían que firmar nuestros padres y darnos algún dinerillo, aparte de que
muchos teníamos que ganar unos duros cogiendo aceitunas y naranjas por Tíjola
para ayudarnos a pagar nuestro propio viaje, con una ilusión admirable, porque
era la primera vez que veríamos lugares nuevos. Recuerdo con mucha ilusión el
viaje a Madrid, que íbamos cantando por las calles: «Hasta los Madriles habemus
venio, desde la Alpujarra habemus llegao». Allí fuimos a un teatro de verdad,
al gallinero, a ver La vida es sueño, de Calderón, con Juan Diego como actor
principal. Aquello fue fantástico, además de porque el actor hacía un papelón,
porque Serrano nos lo presentó al finalizar la obra. Realizamos otro viaje a
Córdoba y aluciné con la ciudad y, sobre todo, con la Mezquita. Y viajamos
también a Galicia, estuvimos viendo la Catedral de Santiago de Compostela; la
recuerdo preciosa, inmensa. Vimos el Apóstol subiendo por unos recovecos que
daban un poco de miedo. Una noche nos dejaron ir de discoteca en Santiago,
¡aquello sí que fue una pasada! Una noche cenando tenía a la madre Méndez
enfrente, y como ella siempre decía que teníamos que pelar la fruta con
cuchillo y tenedor, que para eso cada día comía en una mesa del comedor del
Colegio, sin querer hice blanco con la naranja en su cara al ir a pincharla con
el tenedor. Pero no se lo tomó a mal: se rió, y yo más.
Cuando evoco
los bailes en el hall, con la fuentecilla, me río porque nos hartábamos de
agua; y es que a cada ratillo invitaba una a beber. Me acuerdo del genial recital del Romancero
gitano de Lorca con mucha emoción porque lo recitaron como verdaderos
profesionales y con mucho sentimiento.
Y aquellos
bailes de disfraces en los que nos hacíamos los disfraces con cuatro trapillos;
nos salían maravillosos y nos divertíamos muchísimo.
Los ratos de
terraza de las niñas con Loli tocando la guitarra, cantando. Nos contábamos
confidencias, nos secábamos el pelo, nos reíamos por cualquier cosa… Eran ratos
muy particulares.
Y qué decir
de los conciertos de villancicos, cuando íbamos por las calles de Órgiva
cantando y pasábamos por las casas de los profesores del Instituto para pedir
el aguinaldo a cambio de cantarles el villancico. Aún suena en mi interior uno
de aquellos villancicos.
Recuerdo el día que la madre Méndez nos
reunió, muy seria, para comunicarnos la muerte de Franco. Muchos lloraban por
el desconcierto, por miedo al futuro, por la seriedad de la madre Méndez, no sé
por qué. Yo me sentí libre. Estaba harta y cansada de aquella infancia en
blanco y negro. En cuanto terminó la charla, bajé al pueblo y me compré un
anillo de lata como conmemoración de la muerte del dictador, que, cuando pude,
cambié por uno de plata. A día de hoy, sigo teniendo un anillo de plata en mi
mano izquierda.
Participé en el coro de la madre Emérita y los
domingos cantábamos en la Parroquia del pueblo y cuando terminaba la misa nos
íbamos a la Ruta, más que nada a escuchar música de las máquinas aquellas que
les metías dinero. Pocas veces, pero alguna sí,
nos escaqueábamos de la misa para ir a la Palapa a disfrutar de aquellos
momentos musicales. Por cierto, he de decir que entonces nos quedábamos los
fines de semana en el Colegio y era cuando disfrutábamos más de la terraza, de
tiempo libre, cuando íbamos al campo a sacar unas pesetillas para los viajes.
En esos días celebrábamos fiestas, podíamos ver la tele hasta más tarde,
podíamos salir del Colegio… En fin, que yo me sentía libre.
En aquellos
años se formaron bastantes parejas y la mayoría de ellas crearon su familia y
siguen tan felices. Cómo no recordar a la madre Concha, en el estudio y con el
tintineo de las llaves en el dormitorio. Cuando nos cansábamos de estudiar, le decíamos:
«¿Madre, puedo ir al servicio?» Y en esos ratillos era cuando aprovechábamos
para fumar, aunque fumábamos a escondidas cuando queríamos. Un día me pilló en
el servicio fumando, con el cigarro escondido en el bolsillo del babi, y al
responderle le eché la bocanada de humo en la cara. Pero tampoco pasó nada,
porque estaba el servicio lleno de niñas fumando. En el dormitorio se daba sus
paseíllos entre las camarillas y cuando apagaba la luz, si teníamos que repasar
para un examen, esperábamos a que cerrara la puerta de su dormitorio para
encender la linterna debajo de las mantas con el libro de turno, y casi siempre
quedarnos dormidas. Casi todas las noches nos reíamos por cualquier cosa y el
castigo consistía en sacarnos del dormitorio, y allí más risa nos daba. En las
taquillas teníamos, además de la ropa, algo para picar y a veces olía a
matanza, sobre todo después de Navidad. También nos dio clase de Religión en el
Instituto y en los exámenes casi todos nos copiábamos, pero ya era como un
desafío para ver si nos pillaba. La verdad es que me acuerdo de ella con
muchísimo cariño.
Ya he
comentado que no podía perder la beca y por eso estudiaba al sol en los patios
y por las cercanías del Colegio. Eso no quitaba que como viera u oyera
«bullilla», allí estaba yo como una bala.
Tengo que
hacer una mención especial a la tiendecilla de María, porque, como dice el
refrán, «es de bien nacidos ser agradecidos», y es que María, casi cada tarde,
me hacía un bocadillo de mejillones en lata. Yo me lo comía en su comedor, sin
pagarle nada; solo le hacía un ratillo de compañía y ella me contaba historias
de sus nietos. Era como una abuelita para mí.
Algunos nos
sacamos el título oficial de árbitro de baloncesto, y la madre Méndez nos lo
entregó en la entrada del patio de los niños, junto a alguien de Deporte, en un
acto muy «oficial».
En COU, las
niñas fuimos de retiro espiritual a una residencia y los niños al Hotel del
Duque en Güejar Sierra, lo recuerdo porque lloré mucho y no me gustó nada.
Después del
Colegio nos fuimos a estudiar a Granada. Muchos convivieron en pisos, y nos
alegrábamos cuando nos encontrábamos, como la gran familia que éramos.
Fue tan impactante nuestro paso por el Colegio
que conseguimos lo que nos habíamos propuesto. En mi caso, logré ser maestra,
ser muy feliz con mis alumnos y tener una vida mejor que la que tuvieron mis
padres.
Al cabo de
los años coincidí con uno de los educadores como compañera, con el que sigo
manteniendo la amistad.
Tanto es así
que creamos una Asociación y cada año nos reunimos el último sábado de octubre
en un pueblo diferente, y lo pasamos genial. Disfrutamos mucho del encuentro,
de volver a abrazar a los amigos y de vivir el programa que preparan la
Directiva y los organizadores para ese día.
Siempre es un día muy especial, muy emotivo, lleno de reencuentros, de
hermandad, de recuerdos, de tristeza por los que se han ido, de futuro, de
alegría. Muchas gracias a todos, sobre todo a la Junta Directiva, por hacer
posible este encuentro tan maravilloso.
La importancia del Colegio Menor es que fue el
pilar fundamental para todas las personas, tanto de la Alpujarra como del Valle
de Lecrín, que quisimos estudiar y que, sin él, no hubiésemos podido.
María.
No hay comentarios:
Publicar un comentario