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sábado, 16 de mayo de 2026

ENTREGA DE PREMIOS DE RELATOS CORTOS SOBRE NUESTRAS VIVENCIAS EN EL COLEGIO MENOR DE ÓRGIVA 2026.

 Ha sido un acto íntimo, muy emotivo y muy entrañable. La comida en el Hotel Nazarí de Órgiva, exquisita y el encuentro, fantástico. Gracias a loS organizadores y esperemos que el año que viene se presenten muchísimos relatos, así tendremos otro día de risas y anécdotas. Enhorabuena a mi primo Manolo que nos ha emocionado con su relato.

He aprovechado para darme el paseíllo por aquellas calles de mi juventud en Órgiva recordando aquellos maravillosos años...






Mi relato ha obtenido el accésit y aquí va:

La importancia del Colegio Menor para la Alpujarra y parte del Valle de Lecrín

 Cuando mis amigos salieron del pueblo para estudiar, yo no quería quedarme para tener que vivir una vida que no me gustaba: ser ama de casa, yo quería ser libre e independiente, tener una vida mejor, y para ello tenía que estudiar mucho, conseguir la beca y no perderla. Y, por supuesto, irme al Colegio Menor, que por ahí empezaba todo.

Hice tercero y cuarto de bachiller por libre, nos preparaban don Antonio y don Eduardo, que eran maestros de mi pueblo. Pero, aunque aprobé en junio, no saqué nota para beca y mis padres estaban haciendo nuestra casa, por lo que no había dinero para ir a estudiar fuera. Mi padre habló con la Madre Méndez, que era la directora del Colegio Menor, y quedaron en que mis padres pagaban una parte y yo tenía que ayudar en el comedor (de esto me enteré mucho tiempo después). Para sexto ya tenía beca, pero seguía ayudando en el comedor a nuestras benditas cocineras.

Así que, con la mayor ilusión, mucha emoción y con la ropa marcada por mí con el número asignado por el Colegio, entré por primera vez, acompañada de mi madre, al lugar donde cumplí mis sueños y fui tan feliz, por un lado, con muy buena vibración y por otro, con miedo a lo desconocido. Pero fue muy fácil hacer amistad porque éramos como una gran familia, así que muy pronto tuve muchos amigos aparte de mis amigos del pueblo.

En aquellos años convivíamos niños y niñas en el mismo Colegio, cosa impensable si no hubiera sido porque estaba dirigido por la madre Méndez (bajita, rechoncha, diligente y divertida); los educadores (Carvajal, Pino y Serrano), que eran como nuestros tutores y amigos; la madre Concha, que vigilaba el estudio y los dormitorios de las niñas; la madre Emérita, que enseñaba a escribir a máquina y llevaba el coro; la madre María, que se encargaba de los niños y niñas pequeños; la madre Expectación, en la cocina con nuestras cocineras Carmela, Loli y Fina; y nuestro querido Salvador, que estaba para todo.

Y todo bajo el paraguas de la Asociación de Amigos de la Cultura de Órgiva, creo.

En aquellos años tan difíciles coexistíamos niños y niñas, eso sí, teníamos estudio y dormitorios diferentes, pero coincidíamos en el comedor, en el tiempo libre y en el Instituto (en el que también hicimos muy buenos amigos).

Era evidente que teníamos que cumplir normas para que la convivencia fluyera lo mejor posible, pero teníamos mucha libertad de acción. También hacíamos teatro y musicales con Serrano; excursiones a la nieve, a Salobreña, a Antequera; viajes fin de curso a Córdoba, a Madrid, a Galicia; bailes en la entrada del Colegio; recitales de poesía como el del Romancero gitano de Lorca; deporte, bailes de disfraces y muchas más actividades. De organizarlas se encargaban los educadores con todo el cariño del mundo.

Fue una época preciosa, no solo de mi vida, sino de la de todos los que vivimos aquella hermosa experiencia. Todo sin olvidar que estábamos allí para estudiar, que, por supuesto, teníamos nuestras horas de estudio, las niñas vigiladas por la madre Concha y los niños por los educadores. Y allí tuvimos enseñanza entre iguales (eso que parece hoy tan novedoso); nos ayudábamos unos a otros y, por supuesto, los educadores, las monjas y don Federico, el cura, también nos ayudaban.

Lo que allí experimentamos marcó nuestras vidas. Recuerdo con mucho cariño a las monjas y a los educadores y tengo en la memoria muchas anécdotas y vivencias de aquella época.

 Recuerdo con mucha añoranza el teatro que organizaba Serrano, en el que participaba gente muy buena. Yo solo participé en la comedia de Los Pelópidas (aún recuerdo el nombre porque el montaje y la obra en sí eran muy graciosas, y porque la representamos además de en el Colegio, en el Instituto y en varios pueblos).

Los musicales eran una maravilla. Lo hacían genial. Aunque yo no participé en ninguno, los disfrutaba muchísimo.

Hicimos varias excursiones, todas muy divertidas y gratuitas, me vienen a la memoria la que hicimos a la nieve, aquella que nos llevaron a Salobreña y a su playa, y la que fuimos a los Dólmenes de Antequera.

Cada curso hacíamos un viaje de estudios. Para poder ir tenían que firmar nuestros padres y darnos algún dinerillo, aparte de que muchos teníamos que ganar unos duros cogiendo aceitunas y naranjas por Tíjola para ayudarnos a pagar nuestro propio viaje, con una ilusión admirable, porque era la primera vez que veríamos lugares nuevos. Recuerdo con mucha ilusión el viaje a Madrid, que íbamos cantando por las calles: «Hasta los Madriles habemus venio, desde la Alpujarra habemus llegao». Allí fuimos a un teatro de verdad, al gallinero, a ver La vida es sueño, de Calderón, con Juan Diego como actor principal. Aquello fue fantástico, además de porque el actor hacía un papelón, porque Serrano nos lo presentó al finalizar la obra.

Realizamos otro viaje a Córdoba y aluciné con la ciudad y, sobre todo, con la Mezquita. Y viajamos también a Galicia, estuvimos viendo la Catedral de Santiago de Compostela; la recuerdo preciosa, inmensa. Vimos el Apóstol subiendo por unos recovecos que daban un poco de miedo. Una noche nos dejaron ir de discoteca en Santiago, ¡aquello sí que fue una pasada! Una noche cenando tenía a la madre Méndez enfrente, y como ella siempre decía que teníamos que pelar la fruta con cuchillo y tenedor, que para eso cada día comía en una mesa del comedor del Colegio, sin querer hice blanco con la naranja en su cara al ir a pincharla con el tenedor. Pero no se lo tomó a mal: se rió, y yo más.

Cuando evoco los bailes en el hall, con la fuentecilla, me río porque nos hartábamos de agua; y es que a cada ratillo invitaba una a beber.

Me acuerdo del genial recital del Romancero gitano de Lorca con mucha emoción porque lo recitaron como verdaderos profesionales y con mucho sentimiento.

Y aquellos bailes de disfraces en los que nos hacíamos los disfraces con cuatro trapillos; nos salían maravillosos y nos divertíamos muchísimo.

Los ratos de terraza de las niñas con Loli tocando la guitarra, cantando. Nos contábamos confidencias, nos secábamos el pelo, nos reíamos por cualquier cosa… Eran ratos muy particulares.

Y qué decir de los conciertos de villancicos, cuando íbamos por las calles de Órgiva cantando y pasábamos por las casas de los profesores del Instituto para pedir el aguinaldo a cambio de cantarles el villancico. Aún suena en mi interior uno de aquellos villancicos.

Recuerdo el día que la madre Méndez nos reunió, muy seria, para comunicarnos la muerte de Franco. Muchos lloraban por el desconcierto, por miedo al futuro, por la seriedad de la madre Méndez, no sé por qué. Yo me sentí libre. Estaba harta y cansada de aquella infancia en blanco y negro. En cuanto terminó la charla, bajé al pueblo y me compré un anillo de lata como conmemoración de la muerte del dictador, que, cuando pude, cambié por uno de plata. A día de hoy, sigo teniendo un anillo de plata en mi mano izquierda.

Participé en el coro de la madre Emérita y los domingos cantábamos en la Parroquia del pueblo y cuando terminaba la misa nos íbamos a la Ruta, más que nada a escuchar música de las máquinas aquellas que les metías dinero. Pocas veces, pero alguna sí,  nos escaqueábamos de la misa para ir a la Palapa a disfrutar de aquellos momentos musicales.

Por cierto, he de decir que entonces nos quedábamos los fines de semana en el Colegio y era cuando disfrutábamos más de la terraza, de tiempo libre, cuando íbamos al campo a sacar unas pesetillas para los viajes. En esos días celebrábamos fiestas, podíamos ver la tele hasta más tarde, podíamos salir del Colegio… En fin, que yo me sentía libre.

En aquellos años se formaron bastantes parejas y la mayoría de ellas crearon su familia y siguen tan felices.

Cómo no recordar a la madre Concha, en el estudio y con el tintineo de las llaves en el dormitorio. Cuando nos cansábamos de estudiar, le decíamos: «¿Madre, puedo ir al servicio?» Y en esos ratillos era cuando aprovechábamos para fumar, aunque fumábamos a escondidas cuando queríamos. Un día me pilló en el servicio fumando, con el cigarro escondido en el bolsillo del babi, y al responderle le eché la bocanada de humo en la cara. Pero tampoco pasó nada, porque estaba el servicio lleno de niñas fumando. En el dormitorio se daba sus paseíllos entre las camarillas y cuando apagaba la luz, si teníamos que repasar para un examen, esperábamos a que cerrara la puerta de su dormitorio para encender la linterna debajo de las mantas con el libro de turno, y casi siempre quedarnos dormidas. Casi todas las noches nos reíamos por cualquier cosa y el castigo consistía en sacarnos del dormitorio, y allí más risa nos daba. En las taquillas teníamos, además de la ropa, algo para picar y a veces olía a matanza, sobre todo después de Navidad. También nos dio clase de Religión en el Instituto y en los exámenes casi todos nos copiábamos, pero ya era como un desafío para ver si nos pillaba. La verdad es que me acuerdo de ella con muchísimo cariño.

Ya he comentado que no podía perder la beca y por eso estudiaba al sol en los patios y por las cercanías del Colegio. Eso no quitaba que como viera u oyera «bullilla», allí estaba yo como una bala.

Tengo que hacer una mención especial a la tiendecilla de María, porque, como dice el refrán, «es de bien nacidos ser agradecidos», y es que María, casi cada tarde, me hacía un bocadillo de mejillones en lata. Yo me lo comía en su comedor, sin pagarle nada; solo le hacía un ratillo de compañía y ella me contaba historias de sus nietos. Era como una abuelita para mí.

Algunos nos sacamos el título oficial de árbitro de baloncesto, y la madre Méndez nos lo entregó en la entrada del patio de los niños, junto a alguien de Deporte, en un acto muy «oficial».

En COU, las niñas fuimos de retiro espiritual a una residencia y los niños al Hotel del Duque en Güejar Sierra, lo recuerdo porque lloré mucho y no me gustó nada.

Después del Colegio nos fuimos a estudiar a Granada. Muchos convivieron en pisos, y nos alegrábamos cuando nos encontrábamos, como la gran familia que éramos.

Fue tan impactante nuestro paso por el Colegio que conseguimos lo que nos habíamos propuesto. En mi caso, logré ser maestra, ser muy feliz con mis alumnos y tener una vida mejor que la que tuvieron mis padres.

Al cabo de los años coincidí con uno de los educadores como compañera, con el que sigo manteniendo la amistad.

Tanto es así que creamos una Asociación y cada año nos reunimos el último sábado de octubre en un pueblo diferente, y lo pasamos genial. Disfrutamos mucho del encuentro, de volver a abrazar a los amigos y de vivir el programa que preparan la Directiva y los organizadores para ese día.

Siempre es un día muy especial, muy emotivo, lleno de reencuentros, de hermandad, de recuerdos, de tristeza por los que se han ido, de futuro, de alegría.

Muchas gracias a todos, sobre todo a la Junta Directiva, por hacer posible este encuentro tan maravilloso.

La importancia del Colegio Menor es que fue el pilar fundamental para todas las personas, tanto de la Alpujarra como del Valle de Lecrín, que quisimos estudiar y que, sin él, no hubiésemos podido.

                                                                                                      María Moreno López.


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