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martes, 3 de noviembre de 2026

CONOCER LA HISTORIA

 Artículo de Antonio Lara Ramos en Ideal. 

En nuestro país hemos vivido un tiempo de democracia contenida, sujeta a ciertos equilibrios con un hilo de consenso que permitía sobrellevar la convivencia de un modo civilizado y mantener la suficiente armonía para seguir adelante. Sin olvidar que una banda terrorista anegó de angustia, muerte y desazón muchos días oscuros. Afortunadamente este terror cesó hace quince años.

Sobre nosotros sobrevuela el fantasma de nuestro pasado nunca atrapado por las cazafantasmas, ni siquiera con la fórmula del flujo de protones debilitante de los enlaces psicocinéticos, y es que la guerra civil y la dictadura franquista han resistido a cualquier trampa que utilizara un campo magnético-eléctrico para succionar y retener la energía ectoplásmica. Acaso porque otros fantasmas permanecen en cunetas y en dramas familiares, algo difícil de superar cuando hay un sector de población recalcitrante para expresar compasión y reparación.

Conmoverse de los horrores sufridos por quienes quedan lejos en el tiempo a través de un ejercicio de memoria contra el olvido parece que tampoco sirve, quizás porque no hayamos leído la memoria de los sufridores o porque nos hayan contado una historia tan tergiversada que no se parece en nada a la realidad pretérita. Como que la muerte del poeta de Fuente Vaqueros se debiera a rencillas familiares o avatares del destino, obviando su asesinato. Que la memoria de Manuel Fernández Montesinos —Lo que en nosotros vive— se antoje desmemoria de aquel niño exiliado con la familia Lorca en Nueva York, contando recuerdos ‘difusos’ de su tío Federico o de su padre, el alcalde socialista de Granada asesinado el 16 de agosto del 36 por la Granada que alivió tanta frustración reprimida abrazando con celeridad el golpe militar. O que Stefan Zweig narrara —El mundo de ayer— bajo los efectos del miedo el triunfo de la brutalidad salvaje del nazismo frente a la razón. O que aquella niña judía escribiera un diario —El diario de Ana Frank— contando los horrores de la ocupación nazi de Ámsterdam como efecto de la imaginación.

Quizás estas lecturas de tono testimonial, donde afloran sentimientos y emociones que debieran provocarnos empática ante el sufrimiento, tendrían que ser suficientes para detestar esos regímenes totalitarios que tanto dolor trajeron al siglo XX y rechazarlos frontalmente para que nunca más renazcan. Pero no es así, no parece ser suficiente, ni basta para que últimamente crezca tanto apoyo a la ultraderecha, ‘okupa’ de la democracia que detesta. O que en nuestro país muchos jóvenes porten banderas preconstitucionales, símbolos fascistas o realicen saludos con brazo extendido “Cara al sol”.

Jóvenes que no habrán leído estos libros, ni otros, y que la manipulación de episodios del pasado les haya alcanzado en modo de épica, creyendo que vivimos el ‘paraíso’ fascista de libertad. Y que la democracia arribada tras la Segunda Guerra Mundial o al morir el dictador, como en España, destruyó el ansiado ‘paraíso’, convirtiéndonos en unos agraviados, menos libres y ciudadanos serviles. Y es evidente que entre los libros no leídos deben encontrarse también los de Historia con rigor científico y documental, acaso sesudos y difíciles de digerir, siendo mejor la propaganda ocultada en mensajes cortos, prestos para la nula reflexión. Como imaginamos que en sus estudios de ESO y Bachillerato tampoco han profundizado en los hechos históricos con suficiente visión analítica y conocimiento crítico del pasado.

Vizcaíno Casas, con la dictadura franquista agonizante y en plena democracia, sembró bastantes semillas para blanquear el régimen extinto y cuestionar la venidera democracia: Y al tercer año, resucitó, De camisa vieja a chaqueta nueva, Las autonosuyas o Los rojos ganaron la guerra. Con el siglo XXI el revisionismo se activó: Los mitos de la Guerra Civil de Pío Moa y sus teorías que ofrecían una ‘visión nueva’: la izquierda responsable del ‘desastre republicano’ y Franco, su salvador. O recientes episodios que pretenden debatir sobre la guerra civil —“la guerra que todos perdimos”, acaso unos más que otros— tendentes a adoptar un tono ¿reconciliador?

Reconciliación que no existió durante cuarenta años de persecución de españoles por un régimen que se esforzó en asesinar, encarcelar y exiliar a los vencidos. Entonces debió venir esa reconciliación y no generar una maquinaria represiva y aniquiladora. Ahora toca hacer justicia y, como personas civilizadas, asumir que la convivencia democrática es la única vía para que nos respetemos, abandonando cualquier equidistancia en la mirada hacia aquellos episodios históricos para mostrar empatía con quienes sufrieron persecución y muerte. Como no cabe blanquear pasadas dictaduras latinoamericanas en países donde mandatarios ultraderechistas han accedido vía democrática al poder.

La ilegitimidad del régimen franquista nunca fue asumida por todos durante la Transición y al irrumpir corrientes revisionistas, que ponen el origen de la guerra civil en la revolución del 34 o la inestabilidad de la Segunda República, han activado el relato que justifica el golpe de Estado del 36 como única solución para poner ‘orden’ en aquella España ‘tan revuelta’. Justificar que el ‘alzamiento’ era irremisible para solventar la inestabilidad social y política de la República es como pensar que en estos años nuestros de crispación política se debería volver a las armas. Y que conste que no faltan mentes descerebradas que lo piensan. Esas visiones de la Historia de España pecan de ejercicio historicista y poco rigor e investigación histórica.

La ciudadanía española está necesitada de conocer la Historia. Los jóvenes que la tienen como parte de su formación académica tienen la oportunidad de hacerlo de modo menos sectario de la mano de docentes honestos con su trabajo.

*Artículo publicado en Ideal, 02/11/2026

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