Mi tite Jorge, nacido en La Rambla del Banco, fue un hombre que dedicó su vida entera al trabajo y al bienestar de los suyos; un molinero entregado, una persona polifacética que demostró que el amor no solo se habla, sino que se trabaja día a día. Todo lo que construyó y todo lo que fue, lo hizo por sus hijos, dejando en ellos su mejor legado.
Para mi madre, él no solo era un hermano; era un pilar fundamental. Se querían muchísimo, con ese cariño sincero y arraigado que solo el tiempo y las vivencias compartidas pueden forjar.
Esa bondad que lo caracterizaba no se limitaba a su hogar; fue un hombre generoso y atento con cada persona que se cruzó en su camino.
Nos queda la pena de no haber podido celebrar esa reunión de la familia López que tanto planeamos y que se quedó suspendida en el tiempo. También me acompaña el dolor de ese "te quiero" que la rutina o el pudor dejaron sin pronunciar en voz alta. Sin embargo, sé que el amor se entiende más allá de las palabras.
Siempre guardaré en el corazón: el recordatorio constante de que yo nací justo el día en que él llegó a Cádiar, recién licenciado de la mili. Ese día nuestras vidas se cruzaron para siempre en un hermoso hilo temporal que la muerte no puede romper.
Buen viaje, tite Jorge. Tu bondad y tu recuerdo se quedan con nosotros para siempre.
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