Agosto languidece y asoma ya septiembre, el mes del volver a empezar. Hace las maletas en silencio, sin dar explicaciones. El sol se pone cada día un poco antes, como si se hubiera cansado y hubiera decidido no quedarse más horas de las necesarias. Aceptar el final de un ciclo es un requisito ineludible para que algo nuevo pueda nacer.
El verano todavía deja sus colores de atardecer pegado a las paredes para anunciar que llega septiembre. Hasta los grillos y los pájaros cantan ya diferente.
En los pasillos del colegio ya camina el otoño, despacito, como quien no quiere que nadie lo vea. Llevo días yendo a la escuela que nos espera, como cada septiembre. Vuelvo distinta, con la alegría de la última uva del año, como si enero oliera a tiza.
Mañana abriremos la puerta a los docentes y la escuela comenzará a bostezar para despertar totalmente el día 10 con la llegada de los pequeños pasos que dan sentido a todo nuestro quehacer. Las sillas los espera mientras las pizarras guardarán silencio. Los cuadernos están listos para que florezcan esas amapolas rebeldes en una primavera de campos blancos. Llegarán con sus mochilas, con manos llenas de un mundo que todavía no les ha hecho daño. Llegarán con un billete de ida, entre dientes que se caen, dibujos torcidos y algún abrazo que aún será necesario.
Y mientras tanto, en mi maleta rota de recuerdos, yo sigo haciendo hueco a despedidas de solsticio. Sigo esperando con esta mezcla de ilusión y nervios la llegada del año nuevo del profesorado. Esta noche no habrá uvas ni campanadas, pero sigue indemne la ilusión de aquella jovencita que comenzara hace ya 24 años.
Un abrazo enorme para ti, que vas en mi corazón siempre, también al inicio de este curso.
Mi amiga Isa.
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